Luigui Bleand: haz el bien sin mirar a quién
Luigui Bleand escribe en su diario sobre hacer el bien sin mirar a quién, conocer el trasfondo antes de señalar y dar gracias por todo.
ROMA, ITALIA — Es de noche en el campo. Sobre un muro de piedra cubierto de musgo, junto a un camino empedrado, arde un viejo farol de aceite. El camino baja entre colinas y cipreses, y más adelante se divide en dos; a lo lejos brillan las luces de un pueblo, y arriba, la Vía Láctea. Quien dejó el farol encendido no sabe quién pasará esta noche ni qué camino tomará, y quien pase nunca sabrá a quién darle las gracias. No lo encendió para nadie en particular, sino para cualquiera. Pocas imágenes cuentan tan bien lo que dice el refrán: «Haz el bien y no mires a quién».
Entre los dos mandamientos más grandes, Jesús puso este: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Y cuando le preguntaron quién era ese prójimo, respondió con una historia. A un hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó lo asaltaron y lo dejaron medio muerto. Pasó un sacerdote y siguió de largo; pasó un levita e hizo lo mismo. Se detuvo un samaritano, de un pueblo mal visto por quienes escuchaban a Jesús. Le vendó las heridas y lo llevó a una posada, sin preguntarle de dónde era ni si podría devolverle el favor. Yo creo que ahí está todo: el prójimo no es solo quien nos cae bien o puede corresponder, sino cualquiera que se cruce en el camino.
Y ese bien, aunque sea pequeño, puede pesar más de lo que imaginamos. En 2023, en el Journal of Experimental Psychology: General, Amit Kumar y Nicholas Epley publicaron ocho experimentos sobre la amabilidad. En uno, junto a una pista de patinaje en un parque de Estados Unidos, ofrecieron a 84 personas un chocolate caliente que podían quedarse o regalar a un desconocido; 75 lo regalaron. Al puntuar de 0 a 10 lo grande que era el gesto, quienes lo regalaban le dieron un 3,76; quienes lo recibían, un 7,00. Quien recibía solía saber que era parte de un estudio, y los autores proponen una explicación con apoyo todavía mixto: quien recibe siente la intención, y quien da mira el objeto.
Hacer el bien también le hace bien a quien lo hace, aunque en dosis modestas. En 2018, en el Journal of Experimental Social Psychology, Oliver Scott Curry y sus colegas reunieron 27 estudios con 4.045 personas, en su mayoría universitarios de Canadá, Estados Unidos y Europa, con actos como sostener una puerta. Ser amable mejoró el bienestar de quien lo era con un efecto de pequeño a moderado: según los autores, como subir unos 0,6 puntos en una escala de felicidad de 0 a 10. Pero «sin mirar a quién» también quiere decir no llevar la cuenta, ni siquiera de ese bienestar. Si llega, bienvenido; no es el motivo.
Ese cuidado por los desconocidos quizá también se pueda cultivar. En 2013, en Psychological Science, Paul Condon y sus colegas asignaron al azar a adultos de Boston que apenas habían meditado a ocho semanas de clases de meditación o a una lista de espera. Después, en una sala con tres sillas, dos ocupadas por colaboradoras del estudio, entraba otra con muletas y gestos de dolor; las dos sentadas la ignoraban. Le cedieron el asiento 10 de los 20 que habían meditado y 3 de los 19 que esperaban. Eran muy pocos, 26 de 67 abandonaron y el otro grupo solo esperaba. Aun así, esa escena me acompaña: dos miran hacia otro lado, y alguien se levanta.
Cuando alguien hace algo que no nos gusta, tendemos a explicarlo más por su carácter que por su situación. En 1967, en el Journal of Experimental Social Psychology, Edward Jones y Victor Harris dieron a 51 estudiantes de la Universidad Duke un ensayo político, a favor o en contra, y les dijeron si su autor había elegido el lado o se lo había asignado un profesor. En una escala de 10 a 70, aun sabiendo que no había elegido, le atribuyeron a quien escribió a favor una opinión de 44,10, y a quien escribió en contra, de 22,87; con libre elección, 59,62 y 17,38. La situación pesó, pero no lo suficiente. En 1995, en Psychological Bulletin, Daniel Gilbert y Patrick Malone revisaron este «sesgo de correspondencia» y explicaron, entre otras causas, que muchas veces la situación no se ve. Ellos mismos advierten que el laboratorio dice poco de cuán común es en la vida diaria.
Un estudio parece salido de la parábola. En 1973, en el Journal of Personality and Social Psychology, John Darley y Daniel Batson pidieron a 40 seminaristas que prepararan una charla, unos sobre el buen samaritano y otros sobre los empleos que mejor les van, y los mandaron a darla a otro edificio con distintos grados de prisa. En un callejón, una persona del estudio, desplomada en un portal, tosía y se quejaba. Ayudó el 63 % de quienes iban sin prisa, el 45 % con prisa intermedia y el 10 % muy apurados. Ni el tema de la charla ni la religiosidad marcaron una diferencia significativa, y en varias ocasiones alguien que iba a hablar del buen samaritano pasó literalmente por encima de esa persona. La muestra era pequeña. Según los autores, unos ni vieron la escena como una llamada a ayudar, y otros quedaron entre quien estaba en el portal y quien los esperaba: el conflicto, más que la frialdad, podía explicar que no se detuvieran.
Por eso, antes de condenar a alguien, intento recordar que casi siempre hay algo que no veo. Quien no te dejó pasar en el tráfico quizá iba camino del hospital. Quien pasó de largo junto a alguien en apuros quizá ni se dio cuenta, o iba tarde a un compromiso. No digo que todo tenga excusa: a veces la gente sí actúa como es, y poner un límite también es válido. Pero la etiqueta llega sola, y lo que hay detrás hay que ir a buscarlo. He aprendido que, antes de sacar conclusiones, hay que saber exactamente cuál es el trasfondo de todo; y como casi nunca lo sabemos entero, lo prudente es no señalar.
Queda dar gracias. Yo creo que hay que agradecer siempre al universo por todo lo que sucede, lo bueno y lo malo. Para mí, dar gracias también en lo malo es no dejar que se apague la luz: aun de noche, seguir viendo lo que todavía está ahí, la mano que te ayudó. En 2003, en el Journal of Personality and Social Psychology, Robert Emmons y Michael McCullough asignaron al azar a 65 adultos con enfermedades neuromusculares a anotar durante 21 días cosas que agradecían o a llenar solo los cuestionarios. Los primeros valoraron mejor su vida en conjunto, 5,54 frente a 4,80; en el dolor, en cambio, no hubo diferencia. Fueron pocas personas, tres semanas y casi todo autoinformado. En 2016, en el Journal of Counseling Psychology, Don Davis y sus colegas reunieron experimentos con ejercicios de gratitud: el efecto sobre el bienestar fue pequeño, y frente a otros ejercicios positivos, en 9 estudios, no fue mayor. No es magia; es una manera de mirar.
Avanza la noche sobre las colinas, y el farol todavía arde en el muro. Alumbra igual a quien conoce el camino y a quien se perdió, a quien va con prisa y a quien se detiene. Haz el bien aunque nadie lo vea y aunque nadie te lo devuelva. Antes de señalar a alguien, recuerda que lleva una historia que no conoces. Y da gracias por todo, también en las horas oscuras. Haz el bien y no mires a quién; y cuando no entiendas a alguien, mira dos veces.