Luigui Bleand: criterio
Luigui Bleand escribe en su diario sobre aferrarse al propio criterio, no idealizar a los demás y hacer que hechos y palabras vayan por el mismo camino.
ROMA, ITALIA — Casi todos hemos tenido a alguien así: una mentora, una figura pública, un amigo de años, alguien de la familia cuyas palabras tomábamos como brújula. Hasta que un día ves que lo que hace no coincide con lo que dice. Habla de lealtad y no la practica; predica calma y pierde los estribos. Y la decepción llega enorme, del tamaño del pedestal en que habías puesto a esa persona. Muchas veces no cambió de un día para otro: siempre fue de carne y hueso, y eras tú quien la miraba desde abajo.
De eso trata este mensaje: aférrate a tu propio criterio y no idealices a los demás, porque cuando uno idealiza, uno termina decepcionado. Yo profeso que soy una persona independiente, y creo que apoyarte en el criterio de un tercero puede terminar decepcionándote cuando esperas que alguien se comporte como tú lo habías idealizado. No hablo de desconfiar de todo el mundo, sino de dónde pones tu centro. Así que busqué por qué idealizamos, por qué la caída duele tanto y qué tiene que ver con la distancia entre decir y hacer.
Idealizar empieza casi sin darnos cuenta. En 1977, en el Journal of Personality and Social Psychology, Richard Nisbett y Timothy Wilson mostraron a 118 estudiantes de la Universidad de Michigan una de dos entrevistas grabadas con el mismo profesor, un belga francófono de acento marcado, cálido en una y frío en la otra. En una escala de 8 puntos, al cálido le dieron un 5,48 de simpatía; al frío, un 3,18. Quienes lo vieron cálido encontraron en su mayoría agradables su aspecto y sus gestos; quienes lo vieron frío, irritantes. Y la mayoría negó que lo que sentía por él hubiera influido. Fue un solo profesor, un video corto y una muestra pequeña, y el estudio no habla de idealizar; esa conexión es mía. Pero el efecto halo se reconoce: una impresión que brilla tiñe todo lo demás.
¿Y por qué duele tanto la caída? Porque lo que sentimos depende de lo que esperábamos. En 2014, en Proceedings of the National Academy of Sciences, Robb Rutledge y sus colegas analizaron a 18.420 personas que, en un juego de celular, elegían entre puntos seguros y una jugada al azar y decían cada pocas rondas cuán felices se sentían. Los puntos subían en promedio, pero la felicidad no: la explicaban las expectativas recientes y, con más peso en 91 de 92 grupos de 200 jugadores, la diferencia entre lo esperado y lo obtenido. Era un juego, no el trato con otras personas, y los autores señalan que esperar poco también cuesta: baja el ánimo antes de que llegue nada. El problema, creo, no es la esperanza; es el pedestal. A quien idealizamos le pedimos perfección, y su conducta normal, humana, se nos hace una pérdida.
Ahora, lo que se dice y lo que se hace. En 2017, en Psychological Science, Jillian Jordan, Roseanna Sommers, Paul Bloom y David Rand publicaron cinco experimentos con escenas breves, como copiar en un examen; el primero, con 619 personas en línea. Sin más datos sobre una persona, oírla condenar una falta inspiraba más confianza que oírla decir que no la cometía. Y en una muestra de Estados Unidos, el hipócrita, que condena lo que él mismo hace, quedó peor que quien mentía abiertamente sobre su conducta. Para los autores, molesta la señal falsa: quien admitía que también fallaba a veces se libraba de ese costo extra, aunque quedaba igual que quien fallaba y callaba. Eran escenas imaginadas. Pero fíjate en lo primero: así, leo yo, se levantan muchos pedestales, con palabras antes que con hechos.
Por eso digo que, si tú dices que eres verde, no puedes ir por el azul. Si lo que dices con tu boca no es lo que haces con tus hechos, estás mal. En 2015, en el Journal of Business Ethics, Tony Simons, Hannes Leroy, Veroniek Collewaert y Stijn Masschelein reunieron 35 muestras de trabajadores en un metaanálisis sobre la integridad conductual: cuánto coinciden, a sus ojos, las palabras y los hechos de quien los dirige. A más coincidencia, más confianza: una correlación corregida de 0,78, muy alta. Son datos del trabajo, casi todos de un solo momento, y una correlación no prueba la causa; los autores llaman preliminar su análisis. Aun así, apunta a lo que creo: cuando lo que dices y lo que haces van juntos, los demás pueden contar contigo. Para eso hace falta ser valiente, porque de eso se trata: de ser maduro, de ser una persona adulta.
Y si no es así, revísate: lo que les pides a los demás empieza por ti. En 1997, en el Journal of Personality and Social Psychology, Daniel Batson y sus colegas hicieron tres estudios pequeños con 80 universitarias de la Universidad de Kansas: cada una repartía una tarea agradable y una aburrida entre ella y otra participante. En uno les ofrecieron una moneda para decidir: 10 de 20 la lanzaron, y 9 de esas 10 se quedaron con la tarea buena, muy por encima del azar. Los autores lo llamaron hipocresía moral: querer parecer moral sin dejar de favorecerse. Eran muestras diminutas, con poco en juego, y otros investigadores lo atribuyen a presiones del propio experimento. Me lo pregunto yo primero: ¿de qué me sirve a mí hablar de algo y decirlo si no lo voy a hacer? Antes de esperar que otro cumpla lo que dice, mira si tú cumples lo tuyo.
Aferrarte a tu criterio también es saber por qué haces lo que haces. En 1999, en el Journal of Personality and Social Psychology, Kennon Sheldon y Andrew Elliot siguieron un semestre las metas de estudiantes de la Universidad de Rochester. En el primer estudio, con 169, las metas de verdad propias, no impuestas por otros ni cargadas de culpa, se asociaron con más esfuerzo sostenido (una correlación de 0,24) y, por esa vía, con más logro. El efecto es modesto, todo autoinformado, y una meta propia no garantiza una buena meta. Lo leo así: lo que nace de ti se sostiene mejor que lo que cargas por otros. Por eso, procura centrarte en algo que de verdad te prometa un resultado propio, porque depender de terceros te puede decepcionar.
Nada de esto es cinismo ni desprecio. Para mí, ser independiente no es no necesitar a nadie; es no entregarle a nadie tu brújula. Puedes admirar cómo tu jefe organiza un equipo, o lo que sabe una mentora, sin creer que nunca se equivocan. Puedes seguir a una figura pública por su trabajo, no por una perfección que nadie tiene. Puedes contar con un amigo sin dejar en sus manos lo que te toca a ti. Y cuando alguien te falle, pregúntate si conocías a esa persona o solo el brillo de tu primera impresión. Confía con los ojos abiertos, viendo a la gente como es y no como la imaginaste.
Vuelvo, entonces, a lo sencillo. Si dices que eres verde, no vayas por el azul; y si un día te descubres yendo por el azul, no te escondas: revísate y vuelve a tu camino. Admira lo que los demás hacen bien, aprende de ellos y pídete a ti lo mismo que les pides a ellos, sin pedestales para nadie. Quédate con tu brújula. Que tus hechos y tus palabras vayan por el mismo camino. Aférrate a tu propio criterio y no idealices a los demás: mira a cada persona a los ojos, de igual a igual, no desde abajo.