Luigui Bleand: Y Jesús dijo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen
Luigui Bleand escribe en su diario sobre el perdón que Jesús pidió desde la cruz, lo que cuesta de verdad y por qué no es debilidad, sino libertad.
ROMA, ITALIA — El cielo pesa sobre el Calvario. En la cruz del centro, entre otras dos, Jesús levanta el rostro. Abajo, la gente mira, y algunos se burlan; a sus pies, los soldados se reparten su ropa echando suertes. Entonces, según cuenta el Evangelio de Lucas, se oye su voz: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34). No lo dijo después, cuando todo había pasado, ni desde un lugar seguro. Lo dijo en el peor momento, y lo pidió para los mismos que lo estaban crucificando. Pocas frases han atravesado tantos siglos. Quizá sea porque todos, alguna vez, hemos necesitado decirla, o que alguien la dijera por nosotros.
Hay un dicho muy conocido: «es más fácil pedir perdón que pedir permiso». Lo usa quien prefiere actuar primero y disculparse después, porque pedir perdón cuesta poco: son unas cuantas palabras. Pero el dicho habla de pedirlo; darlo es otra historia. Decir «te perdono» toma un segundo; dejar de sentir el golpe cada vez que lo recuerdas puede tomar meses, a veces años. Decirlo es fácil; hacerlo es lo difícil. Por eso la frase de la cruz pesa tanto: no fue una cortesía, sino un perdón ofrecido justo cuando más costaba.
Para perdonar, yo creo que primero hay que aprender a conocer al ser humano. Mi manera de verlo es esta: el ser humano está hecho completamente de egoísmo, de «yoísmo». Y por más vulnerable que sea, siempre se elige a sí mismo, no a los otros. Quien lo entiende espera menos de los demás, y la herida, cuando llega, duele distinto. Pero una idea tan grande merece ponerse a prueba.
La ciencia lo matiza. El interés propio es real, y pesa, pero no lo es todo. En 2019, en Science, Alain Cohn, Michel Maréchal, David Tannenbaum y Christian Zünd entregaron 17.303 billeteras «encontradas» a empleados de bancos, hoteles, oficinas de correo y otros lugares, en 355 ciudades de 40 países. Cada una llevaba una lista de compras y tarjetas de presentación con el correo electrónico del dueño, y casi todas, una llave. Sin dinero, el 40 % de quienes las recibieron le escribió al dueño; con el equivalente a unos 13 dólares, el 51 %. Más tentación y, aun así, más honestidad, en 38 de los 40 países. La mayoría de los no expertos consultados, y casi la mitad de los economistas, había pronosticado lo contrario. Claro, eran empleados en su puesto de trabajo, escribir un correo cuesta poco y, aun con dinero dentro, casi la mitad no escribió. Por eso «completamente» me parece demasiado: hay mucho «yo» en el ser humano, pero también algo más, y a veces esperamos de los demás más egoísmo del que hay.
Conocer al ser humano sirve, sobre todo, para saber qué no te toca cargar. Si alguien se fue de tu vida, se fue por sus razones, y no tienes que buscarlas todas en ti. Si alguien usó en tu contra un momento en que estabas frágil, la falta fue de quien lo hizo, no de quien confió. Y si alguien no está feliz con la vida que eligió, con los deseos que persiguió, con las decisiones que tomó para sí mismo, esa no es tu responsabilidad. No te lo tomes a pecho. Quizá ellos tampoco sabían del todo lo que hacían, como los que estaban al pie de la cruz. Eso no borra el daño, pero te quita de encima un peso que nunca fue tuyo.
Perdonar tampoco es lo que muchos creen. No es olvidar, ni decir que no pasó nada, ni volver a abrirle la puerta a quien te hizo daño. Puedes perdonar y mantener la distancia; perdonar y poner límites. Así lo entienden también los autores de un gran experimento sobre el perdón. En 2024, en BMJ Public Health, Man Yee Ho, Everett Worthington, Tyler VanderWeele y sus colegas analizaron a 4.598 adultos de Colombia, Hong Kong, Indonesia, Sudáfrica y Ucrania, todos heridos alguna vez por otra persona. Por sorteo, la mitad recibió enseguida un cuaderno de ejercicios para trabajar el perdón por su cuenta, y la otra mitad, dos semanas después. Al discutir sus resultados, los autores separan el perdón de excusar, olvidar o reconciliarse, y escriben que puede darse «sin necesariamente restaurar la relación».
¿Por qué cuesta tanto? Porque el perdón casi nunca llega de golpe. En 2003, en el Journal of Personality and Social Psychology, Michael McCullough, Frank Fincham y Jo-Ann Tsang siguieron a universitarios de Estados Unidos a quienes alguien había herido hacía poco; en el segundo estudio, 89 estudiantes respondieron cinco veces, hasta unas nueve semanas después de la ofensa. Las ganas de evitar a esa persona y de desquitarse bajaron, pero despacio: unas pocas centésimas por semana, en una escala del 1 al 5. La buena voluntad hacia el otro, en cambio, no subió de forma clara, aunque los autores advierten que su ritmo no fue significativamente distinto del de esas ganas, y toman la diferencia como preliminar. Eran grupos pequeños de estudiantes. Y el cuaderno del experimento de 2024 no pedía un minuto, sino de dos a tres horas de ejercicios. Perdonar es un trabajo, no una frase.
¿Vale la pena ese trabajo? Yo creo que quien sabe perdonar de manera sincera probablemente alcanza cierta plenitud. En el experimento de 2024, a las dos semanas, quienes habían recibido el cuaderno primero guardaban menos resentimiento que quienes seguían esperando, una diferencia moderada; tenían también algo menos de síntomas de depresión y de ansiedad, y un aumento modesto en lo que los investigadores llaman florecimiento, una medida de bienestar general. Todo fue autoinformado, y quienes esperaban sabían que esperaban. En 2020, en BMC Psychology, Katelyn Long, Worthington, VanderWeele y Ying Chen siguieron a 54.703 enfermeras de Estados Unidos, de 43 a 64 años. Las que en 2008 dijeron que, por su fe, siempre o casi siempre habían perdonado a quienes les hicieron daño, años después tenían mejor ánimo, estaban más integradas socialmente y tenían menos síntomas de depresión, menos desesperanza y menos soledad que las que nunca o rara vez lo hacían. No apareció relación con la salud física, los efectos fueron pequeños, el grupo era muy homogéneo y es una asociación, no una prueba de causa. Por eso digo «cierta» plenitud: no una vida sin dolor, sino un poco más de paz.
¿Qué carácter forma el perdón? Uno muy distinto al que solemos imaginar. Perdonar no es debilidad. Es soltar una cuerda que, sin darte cuenta, te mantenía amarrado a quien te hizo daño. El rencor promete desquite, pero quien lo carga es quien pierde el sueño, quien repite la escena, quien sigue viviendo en el día de la herida. Perdonar no le da la razón al otro: te devuelve tu propia vida. Hace falta más fuerza para abrir la mano que para mantenerla cerrada. Por eso pienso que quien aprende a perdonar, sin dejar de cuidarse, se vuelve más firme, no más frágil: sabe poner límites sin odio y andar ligero, sin llevar a nadie a cuestas.
Una vez, Pedro le preguntó a Jesús cuántas veces tenía que perdonar a su hermano: ¿hasta siete? Y Jesús le respondió: «No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete» (Mateo 18:21-22). No creo que hablara de llevar la cuenta, sino de una decisión que se vuelve a tomar cada día, incluso cuando la herida todavía no ha cerrado. Así que, si te toca, no esperes sentirlo todo de una vez. Decide perdonar, pon la distancia que haga falta y, si vuelve a doler, decídelo otra vez. Y, como en la cruz, deja el resto en manos de Dios: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».