Luigui Bleand: la avaricia rompe el saco
Luigui Bleand escribe en su diario sobre la avaricia: por querer siempre más se pierde lo seguro, y la gente no puede ser tan interesada.
ROMA, ITALIA — Hay una fábula atribuida a Esopo que se cuenta desde hace siglos. Un perro cruza un puente con un hueso en la boca. Al mirar hacia el río, ve a otro perro con un hueso que le parece más grande. No sabe que es su propio reflejo. Abre la boca para quitárselo, y el hueso que llevaba cae al agua y se lo lleva la corriente. Se queda sin el hueso del río, que nunca existió, y sin el suyo, que era real. Por querer un hueso más grande, perdió el que ya era suyo.
Hoy escribo sobre la avaricia. Cuando la gente es muy avariciosa, lo poco que tiene, lo que tiene seguro, lo termina perdiendo por estar de avaricioso, de ambicioso y codicioso. Mira, yo te voy a decir: la gente no puede ser así, la gente no puede ser tan interesada. Ojo: querer crecer, soñar con algo mejor y trabajar por ello es sano. Lo que daña es querer sin medida, no saber nunca cuándo es suficiente y ver a las personas como un medio para conseguir más. Y quise ver qué tanto me respalda la investigación.
Para empezar, la avaricia se puede medir como un rasgo. En 2015, en el Journal of Personality and Social Psychology, Terri Seuntjens, Marcel Zeelenberg, Niels van de Ven y Seger Breugelmans publicaron cinco estudios para construir una escala de siete frases, como «Siempre quiero más» o «No importa cuánto tenga, nunca estoy del todo satisfecho». En el primero, con 6.092 personas de cuatro muestras en dos países, quienes puntuaban más alto en avaricia tendían a tener menos autocontrol y menos satisfacción con su vida. Y en tres juegos, con entre 300 y 603 participantes cada uno, los más avariciosos se quedaban con más para sí. Son datos correlacionales: no prueban que la avaricia cause esa insatisfacción. Lo que sí muestran es que el «siempre más» tiende a ir de la mano con menos freno y menos contento.
Luego está lo de estirar las cosas más de la cuenta. En 2002, en el Journal of Experimental Psychology: Applied, Carl Lejuez y sus colegas pusieron a 86 jóvenes de 18 a 25 años a inflar 90 globos en una pantalla. Cada bombeo sumaba unos puntos a un montón provisional; con un botón podías guardarlos, pero si el globo explotaba, perdías todo lo acumulado en él. Los globos azules explotaban, en promedio, a los 64 bombeos, la parada que más puntos daba. Pero la mayoría se quedaba corta: en los azules que no explotaban, el promedio fue de 29,4 bombeos. Quienes más inflaban, eso sí, tendían a decir que corrían más riesgos en su vida, como fumar más o no ponerse el cinturón. Eran solo 86, sabían que el estudio era sobre el riesgo, y lo guardado nunca se perdía, solo lo que aún no habías asegurado. Con todo, los autores hacen la cuenta: pasado el bombeo 60, uno más arriesga todo lo de ese globo por ganar apenas un 1,6 % más.
¿Y qué pasa con el bienestar de quien vive queriendo más? En 2014, en el Journal of Personality and Social Psychology, Helga Dittmar, Rod Bond, Megan Hurst y Tim Kasser analizaron juntas 258 muestras independientes sobre materialismo y bienestar personal; definen el materialismo como poner en el centro de la vida adquirir cosas que den estatus. En promedio, las personas más materialistas reportaban algo menos de bienestar: una correlación de −0,15, modesta pero significativa. Casi todo son encuestas hechas una vez, sin seguimiento, la mitad en Norteamérica; el efecto cambia mucho de un estudio a otro y no se sabe qué causa qué. Por eso no digo que querer más te haga infeliz; digo que el tener en el centro y el bienestar no se llevan tan bien como creemos. Para mí, ahí empieza la avaricia: cuando nada alcanza y lo que tienes deja de verse.
La avaricia, además, no se queda en quien la tiene: se contagia. En 2014, en el Journal of Experimental Psychology: General, Kurt Gray, Adrian Ward y Michael Norton abordaron a 100 personas en estaciones de metro y zonas turísticas de una ciudad estadounidense. La mayoría recibía primero un sobre de un desconocido que, de seis pequeñas recompensas, le había dejado cero, tres o las seis; luego, cada una repartía otras seis con otro desconocido. Quienes recibieron cero dieron menos que nadie, incluso menos que quienes repartían sin sobre previo. La generosidad aumentó lo que daban, pero no más que la igualdad. Según los autores, la igualdad trae igualdad y la avaricia trae avaricia, pero la generosidad solo devuelve a la igualdad. Eran unas 25 personas por grupo, lo que se repartía era poco y solo se midió un traspaso. Aun así, conviene recordarlo: la avaricia que uno recibe tiende a pasar al siguiente.
Y aquí llego a la palabra que más me pesa: interesada. Ser interesado es ver a la gente como un medio. Es esa persona que solo te llama cuando necesita algo y desaparece cuando ya lo tiene. Es quien en cada reparto quiere el pedazo más grande, aunque haya para todos. Es quien estira algo bueno hasta romperlo, como el dueño de la gallina de los huevos de oro, que por sacarle todo el oro de una vez la mató y se quedó sin nada. Lo hemos visto, y si somos honestos, alguna vez lo hemos sido. Lo repito, entonces: la gente no puede ser tan interesada.
Lo que se pierde no son solo cosas. En 2019, en Scientific Reports, Patrick Mussel y Johannes Hewig pusieron a 59 personas a compartir una granja de peces en un juego, con otra persona o con una computadora. En cada ronda, cada uno sacaba de 0 a 5 unidades: si ambos sacaban 2, el total era el mayor posible; si ambos sacaban más, los dos terminaban con menos. En promedio sacaron 3. Quienes puntuaban más alto en avaricia sacaban más, también frente a una persona, y la diferencia era mayor después de que el otro cooperara. Fueron pocos, llenaron el cuestionario después de jugar y el compañero seguía un guion que se aprovechaba en la mitad de las rondas, así que ese 3 es en parte revancha. Y así, creo yo, se pierde lo que de verdad importa: la confianza que costó años ganar, la paz de dormir tranquilo, la gente que ya no regresa.
¿Y qué se puede hacer? Lo primero, saber qué es suficiente antes de empezar, no cuando ya estás inflando el globo. Lo segundo, valorar lo que tienes seguro: más vale pájaro en mano que cien volando. Antes de salir a buscar más, haz inventario de lo que ya tienes: la salud, los tuyos, la calma de tus días. Lo tercero, guardar a tiempo: cuando algo bueno va bien, disfrútalo y no lo exprimas hasta que reviente. Y cuando repartas, reparte parejo: no te sirvas el pedazo más grande solo porque puedes. Si alguien te trató con avaricia, que esa avaricia se detenga en ti.
Piensa otra vez en el perro del puente. Iba bien servido: tenía su hueso y su camino. Y lo soltó por un reflejo. Así es la avaricia: siempre quiere un poco más, y por ese poco más suelta lo que ya tenía seguro. Querer crecer está bien; querer sin medida, a costa de lo que tienes y de quienes te quieren, no. Cuida lo que ya es tuyo, trata a la gente como gente y no como escalera, y aprende a decir «con esto me basta». Porque lo dice el refrán, y es verdad: la avaricia rompe el saco.