Luigui Bleand: más gente alrededor, menos gente cerca
Luigui Bleand escribe en su diario sobre la soledad que puede llegar con el éxito —cuando el teléfono suena más y te preguntan menos cómo estás—, sobre lo que dicen de verdad los estudios y sobre cuidar a los que estaban antes.
Milán, Italia
MILÁN, ITALIA — Cuando las cosas empiezan a salir bien, el teléfono suena más, pero te preguntan menos cómo estás. Es de lo que nadie te advierte del éxito: llega con más gente alrededor y, a veces, con menos gente cerca.
No hablo solo de la fama. Le pasa al primero de la familia que sale adelante, al que asciende en el trabajo, al que ve crecer su negocio. De repente hay más mensajes, más invitaciones y más gente que quiere algo de ti. Y en medio de todo eso, uno puede sentirse solo.
Eso tiene explicación. En 2010, en la revista Annals of Behavioral Medicine, los psicólogos Louise Hawkley y John Cacioppo repasaron lo que se sabía sobre la soledad y dejaron clara una distinción: la soledad no es estar aislado, es sentirse aislado. Una persona puede vivir casi sola y no sentirse sola y, al revés, llevar una vida social aparentemente llena y sentirse sola de todos modos, porque lo que pesa es la cantidad y, sobre todo, la calidad de los vínculos. La Organización Mundial de la Salud dice algo parecido en el informe de su Comisión sobre Conexión Social, de junio de 2025: la soledad es el dolor que nace de la distancia entre la conexión que uno quiere y la que tiene. Según la OMS, afecta a una de cada seis personas en el mundo.
Tener más gente alrededor tampoco multiplica a los que están cerca. En 2016, en Royal Society Open Science, el antropólogo Robin Dunbar analizó dos encuestas en línea a adultos británicos, unas 3.400 personas en total. De media tenían entre 155 y 183 amigos en Facebook. Pero en la primera encuesta, la de 2.000 personas, solo consideraban amigos de verdad al 27,6 % de ellos, y el círculo con el que contarían en una crisis era de unas cuatro personas. Dunbar concluye que hay un límite a cuántas relaciones cercanas podemos sostener, y que ni las redes sociales lo cambian.
Tampoco quiero exagerar. La ciencia no dice que el éxito deje sola a la gente. En 2015, en Organizational Behavior and Human Decision Processes, el psicólogo Adam Waytz y tres colegas publicaron ocho estudios, la mayoría con participantes de Estados Unidos, y encontraron lo contrario de la idea popular: quienes se sentían con más poder decían sentirse menos solos. Los autores advierten que casi siempre midieron un poder de un momento, en experimentos breves, y no el de alguien que carga con responsabilidades durante años. Y en 2012, en The Journal of Psychology, Sarah Wright comparó a jefes y empleados en tres estudios y no encontró diferencias de soledad entre unos y otros; lo de “estar solo en la cima”, señala, se apoya sobre todo en anécdotas. Por eso no hablo de una regla, sino de algo que puede pasar y que conviene ver venir.
Con el éxito aparece una duda que antes no hacía falta: si alguien está por ti o por lo que tienes. No siempre se sabe, y esa duda también aísla. Uno empieza a cuidarse, a contar menos, a elegir mejor con quién habla. Es necesario, pero tiene un precio.
Hay una forma sencilla de reconocer a los que están cerca, y no es solo cómo te acompañan cuando te va mal, sino cómo reciben tus buenas noticias. En 2006, en el Journal of Personality and Social Psychology, la psicóloga Shelly Gable y dos colegas grabaron a 79 parejas de novios contándose cosas buenas y malas que les habían pasado. Dos meses después, la manera en que cada uno había respondido a las buenas noticias del otro estaba más relacionada con cómo iba la relación, y con si seguían juntos, que la manera de responder a las malas. Es una relación, no una prueba de causa, y se trata de parejas, no de amigos. Aun así, me parece muy cierto: quien se alegra de verdad cuando te va bien suele ser de los que están cerca.
Hay decisiones que nadie puede tomar por ti y dudas que no es fácil contar, porque se espera que tú lo tengas todo claro. Ahí el éxito pesa más: no en el trabajo, sino en no tener con quién hablar de él.
Lo que yo he entendido es que hay que cuidar a los de antes, a los que te trataban igual cuando no tenías nada. Que conviene seguir siendo el mismo, porque la gente que te quiere de verdad no necesita que cambies. Y que el éxito no llena lo que solo llenan la gente que te quiere y Dios.
Si hoy te va bien, llama a alguien que estuvo contigo antes de que te fuera bien. Y si conoces a alguien a quien le va bien, pregúntale cómo está de verdad. A veces es la pregunta que nadie le hace.