Luigui Bleand: la esfera
Luigui Bleand escribe en su diario sobre por qué esperar tiene sentido: los demás también tienen su vida, y no todo gira a tu alrededor.
ROMA, ITALIA — Cae la tarde sobre una gran plaza de piedra, y la luz lo vuelve todo dorado. Al fondo, una fuente monumental con estatuas. En el centro, un sillón enorme, tallado y gastado, casi un trono. Está vacío. La gente pasa sin mirarlo: una mujer con su bolsa de compras, dos personas que caminan juntas, un hombre con mochila, cada quien con su propio día a cuestas. Así es, a veces, el trono que nos construimos: lo ponemos en el centro, y casi nadie más lo mira. Quien se sentara en él a esperar que la plaza se detuviera esperaría en vano. Y si el sol se pone sobre esa plaza, es porque la Tierra gira: una esfera que da vueltas sobre su eje y alrededor del sol, no alrededor de nadie.
Hablo de una tendencia que todos conocemos: creer que el mundo debe acomodarse a lo que queremos y que siempre nos toca ser la prioridad. No es cosa de «esa gente»: a todos nos pasa alguna vez, en un día pesado o cuando vamos con prisa. Por eso hablo de cosas que hacemos, no de un tipo de persona, y lo que se hace se puede mirar con calma y cambiar. Pasa, por ejemplo, cuando imponemos un plan y olvidamos que la otra persona también tiene responsabilidades, dificultades y sueños. Tu amiga tiene un examen; tu hermano, un turno doble; tu compañero de trabajo cuida a su mamá por las noches; alguien más guarda sus pocas horas libres para un sueño de años. Su calendario no es una hoja en blanco esperando a que la llenemos. Su vida merece espacio, aunque desde el trono no se vea.
Todos partimos de nosotros mismos, y no por mala fe: nuestro punto de vista es el que tenemos más cerca. En 2004, en el Journal of Personality and Social Psychology, Nicholas Epley, Boaz Keysar, Leaf Van Boven y Thomas Gilovich pidieron a estudiantes que sabían si un mensaje de voz ambiguo era sincero o sarcástico que calcularan cómo lo entendería alguien sin esa información. Si sabían que era sarcástico y solo tenían tres segundos para responder, esperaban que el 66 % de los oyentes lo captara; quienes iban sin prisa, el 50 %. Eran tareas de laboratorio con muestras pequeñas, y quienes pudieron tomarse su tiempo no mostraron un sesgo significativo. Me atrevo a sacarlo del laboratorio: cuando vamos con prisa, nos cuesta más salir de nuestra propia cabeza, y por eso esperar un momento antes de reaccionar tiene sentido.
Piensa en el «¿por qué no me contestas?». Del otro lado hay alguien trabajando, estudiando, al volante o simplemente descansando. En 2021, en Organizational Behavior and Human Decision Processes, Laura Giurge y Vanessa Bohns publicaron ocho estudios prerregistrados sobre correos no urgentes. En una encuesta a 713 trabajadores, quienes los recibían fuera de horario creían que se esperaba de ellos más rapidez de la que decían querer quienes los enviaban: 3,64 frente a 2,63, en una escala de 1 a 7. Eran correos de trabajo, casi todos recordados o imaginados. Saber esperar también es respeto: no se trata de vivir pendiente de nadie, sino de darle al otro el tiempo que su día le pide.
A veces, detrás de estas escenas puede haber algo más hondo: esperar un trato especial, una inclinación que cada quien tiene en mayor o menor grado. En 2016, en Psychological Bulletin, Joshua Grubbs y Julie Exline revisaron la investigación sobre esta tendencia y propusieron un ciclo: quien espera más de lo que la vida suele dar queda expuesto una y otra vez a expectativas incumplidas, que traen decepción y enojo; para recuperarse, refuerza la idea de que merece más, y el ciclo vuelve a empezar. Es un modelo teórico, con un apoyo todavía preliminar, pero sugiere que esa expectativa también pesa sobre quien la carga. Es curioso que usemos la misma palabra, esperar, para contar con algo y para darle tiempo a alguien. Cuando lo primero crece demasiado, lo segundo se vuelve difícil.
Y luego está el «no». Es fácil leer un límite o un plan rechazado como falta de cariño, y también temer que los demás lean así nuestros «no». En 2024, en el Journal of Personality and Social Psychology, Julian Givi y Colleen Kirk publicaron cinco experimentos, la mayoría con escenas imaginadas: un amigo te invita a cenar un sábado a un restaurante con un chef famoso, y tú dices que no para quedarte en casa descansando. Quienes rechazaban sobrestimaban cuánto se enojaría quien invitaba, cuánto leería ese «no» como desinterés y cuánto menos volvería a invitarlos; quienes invitaban, en cambio, se fijaban más en las razones que en el rechazo. Así que, cuando te toque recibir un «no», vale la pena hacer lo mismo: mirar las razones. Me parece que, muchas veces, quien dice que no está pesando su día y su cansancio, no midiendo cuánto le importas.
Aquí está, creo, la distinción más importante. Expresar una necesidad legítima es decirla, explicarla, pedir y aceptar la respuesta. «Esta semana tengo demasiado encima; ¿lo vemos la semana que viene?» es una necesidad. «Contéstame ya» es una exigencia. «Me encantaría que vinieras; si no puedes, lo entiendo» deja espacio. «Si de verdad te importara, vendrías» no lo deja. La diferencia no está en cuánto necesitas, sino en si el otro conserva la libertad de decir que no sin que eso dañe el vínculo.
¿Y cómo saber qué piensa o qué necesita el otro? Solemos adivinar. En 2018, en el Journal of Personality and Social Psychology, Tal Eyal, Mary Steffel y Nicholas Epley publicaron 25 experimentos. En el último, en 104 pares de personas que se conocían desde hacía años, uno intentaba predecir qué opinaba el otro sobre 20 afirmaciones. Imaginar un día en la vida del otro no ayudó, y en la medida principal hasta empeoró las predicciones; preguntarle durante cinco minutos las mejoró mucho, aunque solo en lo preguntado. Ponerse en el lugar del otro sí ayuda a sentir empatía y cercanía, aclaran los autores; lo que no hace es leer mentes. Para saber lo que el otro piensa, lo más sencillo sigue siendo preguntar, y contar también lo que tú necesitas.
Escuchar es la otra mitad. En 2017, en Personality and Social Psychology Bulletin, Guy Itzchakov, Avraham Kluger y Dotan Castro publicaron cuatro experimentos con universitarios. En uno, por parejas, uno hablaba 12 minutos y el otro lo escuchaba atento o distraído por pantallas parpadeantes que solo él veía, algo que los autores comparan con el teléfono o la televisión. Con alguien atento, quienes hablaban sintieron menos ansiedad y vieron mejor los dos lados de su propia postura. Fueron conversaciones cortas, de laboratorio, pero la escena se reconoce enseguida.
En la plaza, el sol ya casi se ha puesto. El sillón sigue vacío, y la gente sigue pasando, cada quien con lo suyo: las compras, la conversación, la mochila al hombro. No es indiferencia: cada uno va atento a su propia vida, como tú a la tuya. Así que escucha antes de suponer, acepta que el otro no siempre verá las cosas como tú y construye relaciones donde los dos puedan pedir y los dos sepan esperar. La esfera no gira alrededor de ninguno de nosotros, y en ella hay lugar para todos. Tu vida importa, y la de los demás también.