Luigui Bleand: la canción no cambió una nota

Luigui Bleand escribe en su diario sobre el ruido que rodea cualquier obra —por qué la mirada se va primero a lo que salió mal y por qué una caída puede convocar más voces que un éxito— y sobre su decisión de no medir su música por ese ruido.

Barcos amarrados en el agua azul y tranquila, bajo montañas verdes, con nubes blancas en un cielo azul despejado Portofino, Italia
Portofino, Italia.

Llevo tiempo observando algo sencillo que me ha tomado años aceptar: haga lo que haga, alguien va a tener algo que decir. A un oyente una canción le parecerá demasiado lenta; a otro, demasiado austera. No lo escribo como una queja. Ninguna obra le llega a todo el mundo de la misma manera, y ya no dejo que lo que dice la gente decida el rumbo de la mía.

Lo que más noto es hacia dónde se va la atención. Mucha gente rara vez se detiene en lo que se hizo bien; la mirada se va primero a lo que salió mal. No es solo una impresión mía. En una conocida revisión de 2001, «Bad Is Stronger Than Good» (lo malo es más fuerte que lo bueno), el psicólogo Roy Baumeister y sus colegas encontraron, en muchos ámbitos de la vida, que los hechos malos, las críticas negativas y las malas impresiones suelen pesar más que sus equivalentes positivos de igual magnitud, casi sin excepciones. Muchos hechos buenos, añadían, pueden pesar más que un único hecho malo. Creo que una mente que ha sido herida aprende a buscar primero la sombra, y puede encontrarla incluso donde hay luz. Reconozco esa tendencia en mí mismo.

Eso ayuda a explicar por qué una palabra negativa se gana tan a menudo la primera mirada. En 2023, en Nature Human Behaviour, un equipo encabezado por Claire Robertson analizó unas 105 000 variantes de titulares probadas en el sitio web Upworthy: en un titular de longitud media, cada palabra negativa adicional elevó la tasa de clics en un 2.3 %. El efecto es modesto, pero real. Sin embargo, en un estudio de 2012 sobre tres meses de artículos de The New York Times, Jonah Berger y Katherine Milkman encontraron que el contenido positivo se compartía más que el negativo, y que parte de lo que hacía circular un artículo era la intensidad de la emoción que despertaba: el asombro, la ira o la ansiedad lo favorecían; la tristeza, en cambio, jugaba en contra.

En la música he visto algo parecido. Desde hace tiempo tengo la impresión de que lo que provoca atrae más miradas, y a veces más dinero, que lo que se hace con mesura. No puedo medirlo y no voy a convertirlo en una regla. La investigación es más acotada. En un estudio de 2019, Charlotte Brand, Alberto Acerbi y Alex Mesoudi comprobaron que las letras de canciones pop de 1965 a 2015 se habían vuelto más negativas y hallaron algunos indicios de que a las letras más negativas les iba ligeramente mejor en las listas de éxitos. Una canción triste puede ser una canción hermosa, así que no lo leo como un veredicto sobre el gusto de nadie, sino como un recordatorio de que lo que inquieta puede llegar un poco más lejos que lo que construye en silencio.

Esto tiene también un lado más callado. De alguien que trabaja con honestidad y nunca se ve envuelto en nada malo, rara vez se habla. La constancia hace poco ruido. En un estudio de 2017 sobre reseñas de productos en internet, Nan Hu, Paul Pavlou y Jie Zhang describen un sesgo de subregistro (underreporting bias): las personas con valoraciones extremas, positivas o negativas, tienden más a escribir una reseña que quienes tienen valoraciones moderadas. Las voces que más se oyen rara vez son las de toda la sala. Muchos a quienes simplemente les gustó una canción, o que encontraron compañía en ella, nunca lo dicen.

Luego está el momento de la caída. Cuando alguien hace algo muy bueno y triunfa, la gente aplaude. Cuando esa persona tropieza o fracasa, algunos no se limitan a notarlo: lo celebran. En 1989, Norman Feather, psicólogo de la Universidad Flinders, lo estudió a través de la figura de la «amapola alta» (tall poppy), como llaman en Australia a quien sobresale: en su primer estudio, estudiantes de secundaria que respondieron a situaciones imaginarias dijeron sentirse más satisfechos con la caída de alguien de alto rendimiento que con la de alguien de rendimiento medio. En un estudio de 2002 con Rebecca Sherman, también basado en situaciones de ese tipo, encontró que el placer ante el fracaso ajeno lo predecía el resentimiento, no la envidia, y que un factor clave era si el éxito anterior parecía merecido.

Encuentro cierta calma en eso. Sugiere que la celebración de una caída puede decir más sobre cómo se percibió un éxito que sobre la obra misma. Lo he visto ocurrir. Cuando un artista cae, bajo sus canciones viejas aparecen burlas, a veces de las mismas cuentas que antes aplaudían. Entre un comentario y otro, la canción no cambió una nota.

Lo mismo pasa con los discos. Un disco hecho con cuidado puede salir casi en silencio, y ese mismo disco aparece en boca de todos el día que a su autor le va mal. Lo que se escucha entonces es la caída, no el disco.

Por eso aprendí a no medir mi trabajo por el ruido. Cada canción y cada disco que publico va a dar que hablar, muchas veces por cosas que van más allá de la música. Así que lo mido por otras cosas: si una canción dice lo que tenía que decir, si fui honesto al hacerla, si volvería a firmarla mañana. Eso no es indiferencia. Escucho con atención a quien me dice algo cierto, aunque incomode, porque la crítica justa puede mejorar el trabajo. El ruido, no.

La gente siempre va a decir algo, y estoy en paz con eso. El bien que se hace no deja de serlo porque pocos lo mencionen, y una caída no reescribe la obra que vino antes. Prefiero seguir haciendo canciones con cuidado y dejar que se escuchen por lo que son, cuando llegue ese momento.