Luigui Bleand: el sacrificio que no se ve

Luigui Bleand escribe en su diario, tras su paso reciente por Vogue World: Milano, sobre lo que una obra terminada guarda en silencio —oficio, horas, decisiones y personas— y sobre cómo esa mirada guía su música.

Luigui Bleand sentado en una embarcación, con un brazo apoyado en el respaldo; detrás, el agua y las montañas; su escudo en la esquina Portofino, Italia
Luigui Bleand en Portofino, Italia.

En estos días recientes estuve en Vogue World: Milano. El 22 de septiembre, la Galleria Vittorio Emanuele II acogió la quinta edición del evento, la primera en Italia. Vogue planteó el espectáculo en torno al oficio y al toque humano en la era de la tecnología, como un diálogo continuo entre la mano y la máquina.

Hace tiempo que pienso en esto, y ahora se me ha hecho más claro: he visto el sacrificio humano que hay detrás de todo lo que se hace. No lo digo como un lamento, sino como un reconocimiento. Una obra terminada se presenta limpia, como si hubiera llegado sola.

Lo que no se ve es casi todo. El oficio aprendido durante años, las horas que nadie cuenta, las decisiones tomadas y las muchas ideas descartadas, la sensibilidad de quien supo cuándo insistir y cuándo detenerse. Y, sobre todo, las personas que sostienen una obra sin que su nombre aparezca. Al público le llega el resultado; el camino se queda con quienes lo recorrieron.

Por eso doy tanto valor a la manera en que comenzó el espectáculo. Se abrió con tres artesanos que presentaron objetos que habían ayudado a crear: una maqueta del Duomo, una esfera celeste y un telar. Antes que nada, se puso en primer plano el trabajo de las manos. El telar, en particular, resume para mí la paciencia: hilo a hilo, nada aparece de golpe.

Encuentro la misma paciencia en el Coro di voci bianche —el coro infantil— de la Accademia Teatro alla Scala. Según Vogue Italia, sus jóvenes cantantes ingresan tras una audición y un curso preparatorio de dos años, y antes del espectáculo ensayaron juntos las piezas. Paolo Gavazzeni, coordinador artístico de La Scala, dijo en sus páginas que esos niños «serán los adultos del mañana». Me quedo con esa idea: en un coro se aprende, ensayo a ensayo, a escuchar a quien canta al lado, a mantener una nota y a dejar espacio a otra voz.

Pienso en ello desde la música. Hace apenas unos días anuncié mi regreso a la industria musical; si hago la cuenta, son quince años de discos. Estoy terminando mi álbum, «GOAT», en los Universal Music Studios de Milán, y lo producimos íntegramente Marisa de Filippis y yo. Una canción terminada dura unos minutos; detrás quedan, sin oírse, las pequeñas decisiones que la definen y las horas de escucha que exige.

De ahí que prefiera hablar de colaboración antes que de mérito individual. En Bleand Style Recordings, mi sello y mi estudio, escribo, produzco y dirijo mi música, y aun así sé que nada importante se hace del todo en solitario. Un disco lleva nombres en la portada, pero detrás hay siempre más manos de las que caben en ella. Colaborar, para mí, es escucharse unos a otros, ceder cuando hace falta y trabajar juntos una idea hasta que encuentre su forma. En este disco, las manos más cercanas a las mías han sido las de Marisa.

Cuando pienso en la tecnología, vuelvo a ese diálogo entre la mano y la máquina. «GOAT» mezcla más de siete ritmos, y para desarrollar y afinar su sonido me he apoyado en herramientas tecnológicas que considero aliadas: me ayudan y amplían lo que puedo hacer. Pero no deciden por mí. Elegir un ritmo, saber cuándo una voz debe quedarse sola, reconocer el momento en que una canción está terminada y aceptar el sacrificio que todo eso exige siguen siendo decisiones humanas.

Con esa misma convicción pienso en Siamo Arrivati, la compañía de producción musical que Marisa y yo fundamos a comienzos de este año. Nuestra visión es crear música, entretenimiento y nuevos entornos creativos a través de la tecnología y la superinteligencia. Es un horizonte hacia el que caminamos, y cuando lo imagino veo siempre a personas tomando las decisiones que importan.

En el cierre del espectáculo se liberaron más de seis mil objetos de papel, cada uno doblado a mano a partir de una sola hoja y sin pegamento. Me parece la imagen más fiel de lo que quiero decir: algo ligero, que dura un instante, guarda dentro un trabajo paciente que casi nadie ve.

Vuelvo a mi trabajo con gratitud hacia quienes hacen bien las cosas aunque no se note, hacia quienes enseñan y quienes aprenden, hacia quienes sostienen una obra desde un lugar que no sale en la foto. Con los años he aprendido a valorar menos el brillo del resultado y más el cuidado que lo hizo posible. Eso es lo que intento poner en mi música, canción a canción.