Luigui Bleand: el tiempo no vuelve, y perderlo es perder sueños

Luigui Bleand escribe en su diario sobre el tiempo: lo que le dejó su visita al Museo Patek Philippe, por qué todos los relojes marcan la misma hora aunque no signifiquen lo mismo, cómo medimos y percibimos el tiempo, qué dicen los estudios sobre el tiempo y el dinero, y por qué perderlo es perder sueños.

Ilustración con dibujos técnicos de un reloj mecánico y sus piezas –caja, movimiento, engranajes, volante, agujas, corona y tornillos–, cada una con sus medidas
Dibujos técnicos de las piezas de un reloj mecánico.

Este 4 de octubre estuve en el Museo Patek Philippe y vi su historia de principio a fin. Salí pensando menos en los relojes que en lo que miden. Todo lo que había en esas vitrinas, desde los primeros relojes portátiles de alrededor del año 1500 hasta los de hoy, era un esfuerzo del ser humano por ordenar algo que no se deja agarrar: el tiempo. Por eso quiero escribir sobre él, sobre lo valioso que es, sobre cómo lo percibimos y sobre lo que perdemos cuando lo dejamos ir en cosas sin sentido.

La historia empieza en Ginebra, en 1839, cuando Antoine Norbert de Patek, nacido en Polonia, fundó con Franciszek Czapek la casa Patek, Czapek & Co. En 1845 se le unió Adrien Philippe, que en 1842 había inventado una manera de dar cuerda al reloj desde la corona, sin llave; en 1851 la firma pasó a llamarse Patek, Philippe & Cie. Desde 1932 la dirige la familia Stern. El museo, creado por Philippe Stern tras cuarenta años coleccionando relojes, abrió en noviembre de 2001: unas 2.500 piezas de cinco siglos, un taller donde se restaura a mano y una biblioteca con más de 8.000 publicaciones dedicadas al tiempo.

Lo que más me hizo pensar fue el esfuerzo. El reloj de bolsillo que encargó Henry Graves Jr. se entregó en 1933, con 24 complicaciones y 900 piezas, y tardó casi cinco años en completarse. En 1989, por los 150 años de la marca, presentaron el Calibre 89, con 33 complicaciones y 1.728 piezas. Hay relojes con calendario perpetuo que ya saben cuántos días tiene cada mes y cuándo toca un 29 de febrero, y no necesitan corrección hasta el año 2100. Años de trabajo de gente con muchísima experiencia, para medir lo mismo que mide cualquier despertador.

Y ahí está lo curioso. Todos los relojes marcan el mismo tiempo, el que definió el ser humano, sin importar cómo estén hechos. Uno de gran valor tendrá mejores materiales, piedras, engranajes y acabados, hechos por personas con años de oficio, pero no funciona distinto: la hora es la misma. Lo que cambia es lo que representa. Muchas veces se invierte en un objeto así no porque mida el tiempo, sino por lo que identifica: la exclusividad, una clase, un bienestar. Yo mido mi tiempo, pero ese tiempo lo mide a su vez un instrumento de valor, y alrededor de eso nace todo un mundo de excelencia. Lo miro con respeto. La propia casa lo resume en una frase de su publicidad: «Nunca eres realmente dueño de un Patek Philippe. Solo lo cuidas para la próxima generación».

Pero ¿qué es el tiempo? A veces pienso que es algo indefinido, efímero, que el ser humano se dio para tener un orden. Vemos salir y ponerse el sol, y cambiar las estrellas con las estaciones, pero la manera de medirlo la decidimos nosotros. El ciclo de las estaciones dura unos 365,2422 días, una cifra que ningún calendario puede encajar exactamente; por eso existen los años bisiestos. Y aun así hubo que corregir: en 1582, con la reforma del papa Gregorio XIII, se quitaron diez días, y al 4 de octubre le siguió directamente el 15. Un 4 de octubre, como el día de mi visita al museo. Hasta las estaciones son un acuerdo: los meteorólogos las empiezan el día 1 del mes, y la primavera astronómica llega con el equinoccio, una fecha que se mueve un poco cada año. En verano tenemos una hora más y en invierno una hora menos. El tiempo, como lo medimos, es en parte una percepción. Lo que no es un acuerdo es que pasa, y que no regresa.

En la vida de cada persona el tiempo también es subjetivo. Muchas veces pensamos «no tengo tiempo», y es un límite mental: si haces el esfuerzo, llegas a tiempo a la cita, a la meta, a la persona. En 2012, en Psychological Science, Cassie Mogilner, Zoë Chance y Michael Norton lo explicaron en cuatro experimentos: el tiempo objetivo no se puede aumentar, porque el día tiene 24 horas, pero la sensación de tener tiempo sí. Quienes dedicaban un rato a otra persona se sentían con más tiempo que quienes lo usaban en sí mismos, lo malgastaban o recibían tiempo libre de regalo. Eran tareas cortas, con desconocidos: miden la sensación, no horas reales.

Yo creo que el tiempo depende de la importancia que le damos a las cosas. «No tengo tiempo para ir al gimnasio», pero sí para pasar tres horas en el sofá sin hacer nada. Cuando de verdad quieres algo, creas el tiempo aunque estés cansado: sales agotado del trabajo, pero vas a buscar a tu hijo y hacen juntos las tareas, porque ese rato crea recuerdos. Hasta la velocidad con que sentimos pasar las horas depende de lo que vivimos. En 2016, en Frontiers in Psychology, Sylvie Droit-Volet y John Wearden preguntaron a 27 personas en Francia, ocho veces al día durante cinco días, cómo sentían pasar el tiempo: corría más rápido cuando estaban felices o metidas en lo que hacían, y se arrastraba cuando estaban tristes, sin relación con el reloj. Es una muestra muy pequeña, y los autores piden más estudios.

Ahora, lo que más quería comprobar: si es mejor perder dinero que perder tiempo. Lo busqué y lo digo tal cual: los estudios no dicen exactamente eso. En 2017, en PNAS, Ashley Whillans y sus colegas reunieron encuestas de varios países: de 4.469 personas, el 28,2 % pagaba cada mes para que otros hicieran tareas que no disfrutaba, y esas personas se decían más satisfechas con su vida, sin importar sus ingresos. En un experimento con 60 adultos de Vancouver, el día que gastaron 40 dólares en algo que les ahorraba tiempo terminaron con mejor ánimo y menos prisa que el día que los gastaron en una cosa material. Los autores advierten que el efecto es modesto y que casi todo es correlación.

En 2019, en Science Advances, Whillans, Laura Macchia y Elizabeth Dunn siguieron a más de mil estudiantes que terminaban la universidad en Vancouver. El 61,7 % prefería trabajar menos horas aunque ganara menos; un año después esos estudiantes eran algo más felices, en parte porque dedicaban más tiempo a cosas que hacían por gusto, no por obligación. Los autores aclaran que no pueden probar que eso cause la felicidad y que la relación es pequeña. Lo honesto, entonces, es esto: perder dinero no es mejor que perder tiempo, pero quien pone su tiempo primero suele escoger cosas que dejan algo. Y el dinero muchas veces se vuelve a ganar; el tiempo, jamás.

El tiempo también me ha dado muchas lecciones sobre quiénes son amigos, quiénes no y qué quiere cada persona. En 2014, en el International Journal of Behavioral Development, Tammy English y Laura Carstensen siguieron durante diez años a adultos de 18 a 94 años en California: con la edad el círculo se hacía más pequeño, pero lo que se perdía eran sobre todo contactos lejanos; las personas cercanas se mantenían. Fue una muestra pequeña y muchos dejaron el estudio. Carstensen propone que, cuando sentimos el tiempo limitado, priorizamos lo que tiene sentido. Yo lo vivo así: el tiempo te enseña quiénes son.

Ese instante que estás viviendo no lo vas a tener otra vez de la misma manera, en las mismas condiciones. Por eso no quiero ir detrás de cosas que al final no dejarán nada: perder el tiempo es perder sueños. Descansa cuando lo necesites, pero no regales tus horas a lo que no te construye. Haz tiempo para lo que amas aunque estés cansado, y cuida a los que se quedan. Un reloj, sea un despertador o una pieza de museo, solo te dice qué hora es; lo que haces con esa hora lo decides tú. El tiempo va poniendo cada cosa en su lugar. Vive cada proceso.