Luigui Bleand: lo que creías que te faltaba

Luigui Bleand escribe en su diario sobre lo que creemos que nos falta —a través de una historia en primera persona que le podría pasar a cualquiera—, sobre lo que dicen los estudios acerca del compromiso, la distancia y el amor que dura, y sobre desear suerte de verdad y soltar.

Fotografía en color de Luigui Bleand sentado entre la caña de azúcar, frente a Allyson, una niña con sombrero de paja y vestido de flores, bajo un cielo nublado San Pedro de Macorís, República Dominicana
Luigui Bleand y Allyson. San Pedro de Macorís, República Dominicana.

A veces lo que creemos que nos falta no está ausente: está lejos, o dejamos de mirarlo. Y hay quien solo se da cuenta cuando ya cambió lo que tenía por lo que imaginaba. Lo que sigue es una historia que le podría pasar a cualquiera, y la cuento en primera persona.

Teníamos una relación estable. Yo me preocupaba por ella y lo nuestro estaba bien, aunque por cosas del destino estábamos lejos: yo en un país y ella en otro. Sin hacer ruido, me fui frenando. Dejé de comprarme mis cosas, de darme mis gustos, de probar algo nuevo. Lo hacía por amor, para hacerla feliz.

Ella sintió que algo le faltaba y decidió irse a vivir una aventura: conocer a otra persona, empezar un romance. Entonces le dije: «Te deseo mucha suerte, pero tú por tu lado y yo por el mío». Y se lo deseé de verdad. Después de dejarnos, volví a hacer todas mis cosas: a darme mis gustos, a probar lo nuevo. No para que ella lo viera ni para demostrarle nada. Simplemente volví a ser yo.

Pasaron los meses. Lo que ella sentía que le faltaba se fue desvaneciendo, y vio que nada era como lo había imaginado. Quiso volver. Le contesté con calma: «Como te dije al principio, te deseo mucha suerte, pero tú por tu lado y yo por el mío». No hubo portazo; hubo coherencia. Esta no es una historia de buenos y malos, sino de algo muy humano que no pasa solo en pareja: pasa con un trabajo, una ciudad o un amigo que dejamos por algo que brillaba más. Y me quedó una pregunta: lo que faltaba, ¿era una ausencia o una imagen?

Primero quise entender su decisión sin culparla. En 2003, en Personal Relationships, los psicólogos Benjamin Le y Christopher Agnew, de la Universidad Purdue, reunieron 52 estudios, con 11.582 personas, sobre lo que sostiene el compromiso, no solo en pareja: también con amigos, un trabajo o un deporte. Lo más relacionado con el compromiso era la satisfacción (r = 0,68). Quienes veían mejores alternativas solían sentirse menos comprometidos (r = −0,48), y cuanto más había invertido una persona, más comprometida se sentía (r = 0,46). Juntos, los tres factores explicaban el 61 % de las diferencias de compromiso entre personas. Y recuerdan que la alternativa no siempre es otra persona: a veces es estar sin pareja. Son correlaciones, casi siempre de cuestionarios, sin muestras de parejas a distancia. El compromiso predecía quién seguía y quién se iba (r = 0,47; 12 estudios, 1.720 personas), aunque, según los autores, eso deja la mayor parte sin explicar: también pesan la presión de amigos y familia y los cambios de circunstancias.

Después pensé en la distancia. En 2007, en el Journal of Social and Personal Relationships, Laura Stafford y Andy Merolla, de la Universidad Estatal de Ohio, compararon noviazgos a distancia con parejas que vivían cerca. En los de lejos había más idealización: ver al otro mejor de lo que es, el amor romántico, recordar la relación y creer que se está de acuerdo. Esas parejas eran más estables mientras seguían separadas, pero tendían a terminar al pasar a vivir cerca: más tiempo entre visitas y una idealización extrema durante la separación predijeron inestabilidad en el reencuentro. En 2006, en la misma revista, Stafford, Merolla y Castle vieron que un tercio de las parejas que pasaban a vivir cerca terminaba en menos de tres meses. Los resúmenes publicados no describen la muestra. Son asociaciones, no causas, y hablan de idealizar a la pareja lejana, no a alguien nuevo. Lo tomo como una pista, no como una certeza: lo que se imagina de lejos se pone a prueba de cerca.

Quedaba otra pregunta: si estable es lo mismo que apagado. En 2009, en Review of General Psychology, Bianca Acevedo y Arthur Aron, de la Universidad de Stony Brook, reunieron 25 estudios. El amor romántico sin obsesión se relacionaba con la satisfacción casi igual en las relaciones cortas (r = 0,55; 13 muestras, 3.256 personas) que en las largas (r = 0,56; 7 muestras, 1.419). La obsesión, apenas: 0,08 en las cortas y −0,02 en las largas. En 156 parejas casadas de Long Island, con 8,84 años juntas en promedio, 42 de 312 personas (13 %) dieron la nota máxima a todas las preguntas de amor romántico, aun descontando las ganas de quedar bien; con la obsesión, solo 6 (2 %). Ese 13 % es una minoría; son correlaciones, en noviazgos y matrimonios, no a distancia, y los autores advierten de un posible sesgo hacia parejas felices y valores occidentales. Que la chispa de lo nuevo no siempre sea lo que faltaba, eso lo pienso yo, no el estudio. Pero me deja una idea: estable no quiere decir vacío.

Me faltaba entender mi parte. En 2005, en el Journal of Personality and Social Psychology, Emily Impett, Shelly Gable y Letitia Anne Peplau siguieron durante dos semanas a 153 universitarios de UCLA con pareja, que anotaban cada noche si habían cedido algo por el otro y por qué. Cedían algo en casi la mitad de los días. Cuando cedían para hacer feliz a la pareja o expresarle amor, ese día se sentían mejor y la relación iba mejor; cuando cedían para evitar un conflicto o que el otro perdiera el interés, pasaba lo contrario. Un mes después, por cada punto más en esos motivos de evitación, las probabilidades de haber terminado eran, según los autores, más de dos veces y media mayores. Eran estudiantes que veían a su pareja casi a diario, no a distancia, y lo que cedían era pequeño; hubo solo 18 rupturas y el estudio muestra asociaciones, no causas. Yo me había frenado por amor. El estudio no dice que dar por amor haga que el otro se quede, y aquí no bastó. Pero me pregunto si no es eso lo que permite soltar sin rencor. Y dar no debería significar desaparecer.

No cuento esta historia para señalar a nadie. Sentir que algo falta es humano; salir a buscarlo, y querer volver, también. Creo que la distancia llena de imaginación lo que no vemos y le quita brillo a lo que tenemos cerca, y lo nuevo, mientras es nuevo, se parece mucho a lo que buscábamos. En esta historia, di sin hacer ruido y, cuando me tocó soltar, solté sin rencor. Mi respuesta al final no fue un castigo; fue ser coherente con lo que dije desde el principio. Hay puertas que no se cierran de golpe: empiezan a cerrarse el mismo día en que uno decide cruzar otra. Con el tiempo he aprendido a aceptar lo que no está en mis manos y a cuidar lo que sí: mi tiempo, mi paz y lo que me hace feliz.

Todos somos libres de elegir, pero cada elección también es una despedida: lo que dejas atrás sigue su vida y no siempre se queda esperándote. Antes de cambiar lo que tienes por lo que imaginas, míralo de cerca y habla de lo que sientes que falta; a veces no es una ausencia, sino distancia, cansancio o algo que nunca se dijo. Si das, da por amor y no por miedo, y sin dejar de ser tú. Si te toca ser quien se queda, cierra en paz: desear suerte de verdad también es soltar. Y si conoces a alguien que quiere volver por una puerta que ya se cerró, acompáñalo sin decirle «te lo dije». Da gracias a Dios por lo que tienes mientras lo tienes. El tiempo va poniendo cada cosa en su lugar. Vive cada proceso.