Luigui Bleand: cuando se acaba la comida, ¿hasta dónde llega el ser humano?

La ciencia de la inanición, la psicología del miedo y de la envidia, y las decisiones extremas que desafían nuestra idea de civilización.

Ilustración en blanco y negro de un pan rústico partido en dos mitades desiguales sobre una mesa de madera oscura, con una mano abierta y con la palma hacia arriba que llega desde la izquierda y una mano tensa, con los dedos curvados, que se acerca desde la derecha, frente a los estantes vacíos de un supermercado desierto con una sola lata en el estante de arriba
Ilustración de Bleand Style Pictures.

Imagina un mundo en el que ya no llega comida

Los supermercados están vacíos. No llegan camiones de abastecimiento. La electricidad se interrumpe, las comunicaciones fallan y nadie puede decir cuándo volverá la normalidad. Al principio, la gente intenta comprar, compartir o guardar lo poco que queda. Después empiezan las preguntas incómodas: ¿quién recibe la última ración?, ¿cuánto tiempo podemos resistir?, ¿qué sucede cuando el miedo es más fuerte que las reglas?

La escena parece extraída de una película apocalíptica, pero las hambrunas, los naufragios, los accidentes y las catástrofes han demostrado que la privación extrema puede plantear dilemas reales.

Una pregunta resulta especialmente perturbadora: ¿cuáles son los cambios que atraviesa una persona antes de llegar a una decisión que, en condiciones normales, consideraría impensable?

La respuesta no es tan simple como «el hambre despierta a una bestia». La biología explica cómo el cuerpo obtiene energía sin alimentos; la psicología muestra cómo cambian las emociones y la atención; la historia revela que, incluso bajo presión extrema, hay personas que cooperan, protegen a otros y conservan principios morales.

Primero, una aclaración: no existe una ruta inevitable hacia la violencia

Es tentador imaginar seis fases fijas que comienzan con hambre y terminan con canibalismo. La ciencia no reconoce esa secuencia como una ley universal. Las etapas que presentamos a continuación son una herramienta narrativa, no una escala clínica, para ordenar respuestas físicas, psicológicas y sociales que pueden aparecer, superponerse o no suceder nunca.

También hay que separar tres situaciones distintas: sentir hambre, vivir una desnutrición prolongada y entrar en un colapso social donde se disputan recursos. No son equivalentes. Una comunidad puede experimentar miedo y conflictos antes de que sus integrantes estén clínicamente desnutridos. Y una persona gravemente debilitada puede perder la capacidad física de actuar agresivamente.

Las seis etapas posibles de una crisis alimentaria extrema

1. La alarma: cuando el miedo llega antes que el hambre

La primera amenaza puede ser psicológica. Una noticia sobre el agotamiento de las reservas desencadena compras de emergencia, incertidumbre y la necesidad de proteger a familiares. Algunos intentan controlar los suministros; otros buscan vecinos, autoridades o redes de ayuda.

En este momento todavía puede haber suficiente energía en el organismo. Lo que cambió fue la percepción del futuro: la persona ya no sabe si comerá mañana.

Clave: el miedo a la escasez puede desencadenar tensiones antes de que exista inanición.

2. ¿Qué le pasa al cuerpo cuando no comes? El organismo usa sus reservas

Cuando dejamos de recibir alimentos, el cuerpo no se apaga de inmediato. Primero utiliza energía almacenada, incluido el glucógeno del hígado. Conforme transcurren las horas aumenta el aprovechamiento de grasa y la producción de cuerpos cetónicos, que pueden servir como combustible alternativo.

Una revisión publicada en Obesity sitúa el llamado «cambio metabólico» generalmente entre las 12 y 36 horas después de dejar de comer, aunque depende de las reservas iniciales y de la actividad física. Ese cambio no significa que a las 36 horas alguien esté muriendo de hambre ni que pierda la cabeza.

Con el paso del tiempo también se usan proteínas corporales, y mantener las funciones vitales resulta progresivamente más difícil si no llega comida suficiente.

3. La fijación: cuando la comida ocupa la mente

La privación prolongada no solo afecta al estómago. El pensamiento puede concentrarse en los alimentos: cómo conseguirlos y cuándo será la próxima comida. Y puede surgir la sospecha de que otros esconden comida.

Puede aumentar la irritabilidad y aparecer apatía (falta de interés y de motivación) y retraimiento social. Son cambios que se documentaron en el experimento de Minnesota, del que hablaremos más adelante: sus voluntarios, sometidos a semiinanición, mostraron además preocupación por la comida y llegaron a coleccionar recetas y libros de cocina. Sin embargo, estas reacciones no son iguales en todas las personas: la edad, la salud previa y las circunstancias de cada caso pueden influir.

La pérdida de comida puede volverse también una pérdida de tranquilidad, de rutina y de confianza.

La envidia: cuando el problema ya no es cuánto tengo, sino cuánto tiene el otro

Cuando la comida empieza a faltar, puede aparecer una pregunta silenciosa: ¿por qué él tiene más que yo? Ya no se trata de la envidia que aparece cuando alguien sube en la vida o en el trabajo, sino de la que nace frente a una ración. El hambre no solo vacía el estómago; también puede cambiar el ánimo. Un estudio de 2022 pidió a 64 adultos de Europa central, en su mayoría mujeres de Austria, que anotaran cinco veces al día, durante 21 días, cuánta hambre tenían y cómo se sentían. Cuanta más hambre decían tener, más enojo e irritabilidad reportaban, y un estado de ánimo menos agradable. Es una asociación, no una prueba de causa, y se trata del hambre de la vida diaria, no de una hambruna.

La envidia nace de la comparación, la misma que nos lleva a mirar el pasto del vecino. La psicología la describe como el malestar de ver en otro lo que uno desea, y algunos experimentos sugieren que ese impulso de «querer lo del otro» aparece con más fuerza cuando nuestra capacidad de autocontrol está ocupada o mermada. En el laboratorio, por ejemplo, se mantenía a la persona ocupada con otra tarea mental mientras veía a alguien probar una comida mejor que la suya. Esa línea de investigación, de todos modos, sigue en debate.

Además, la envidia tiene dos caras: una «benigna», que empuja a esforzarse para alcanzar al otro, y otra «maliciosa», que desea que al otro le vaya mal. En un estudio con 370 corredores del maratón de Colonia, quienes tendían a la primera se fijaban metas más altas y corrían algo más rápido, mientras que quienes tendían a la segunda renunciaban más a menudo a fijarse una meta concreta. Es un estudio correlacional, y la distinción todavía se discute.

En una despensa vacía, la segunda cara puede ser la más peligrosa. Lo que puede alimentarla no es solo la falta de comida, sino también la sospecha: creer que alguien esconde algo, que el reparto es injusto, que las reglas no son iguales para todos.

No conocemos ningún estudio que haya comparado directamente un reparto de comida a la vista de todos con uno en secreto. Pero una revisión de 91 estudios sobre comunidades que comparten bosques, pesquerías, pastos o agua de riego, en la línea de investigación de Elinor Ostrom, encontró que los sistemas que perduran suelen tener límites claros sobre quién puede usar el recurso, vigilancia a cargo de los propios usuarios y vías de bajo costo para resolver disputas. Por eso parece razonable pensar que un grupo que reparte a la vista de todos y con criterios claros da menos motivos para la sospecha que uno que reparte en secreto. Lo que parece proteger la confianza es la transparencia en las reglas, no solo exhibir quién recibe más.

La envidia no es una fase obligatoria del hambre. Es una alarma: avisa de que la confianza se está rompiendo. Y la confianza, como la comida, también se puede repartir.

4. La tensión social: competir, negociar o cooperar

En un grupo aislado, la distribución de las raciones puede convertirse en el problema central. ¿Deben recibir todos lo mismo? ¿Hay que priorizar a niños, enfermos o quienes buscan ayuda? ¿Quién decide?

La escasez puede favorecer sospechas, acaparamiento o disputas, pero también puede fortalecer la cooperación. Investigaciones sobre el comportamiento colectivo en desastres muestran que la ayuda mutua aparece con frecuencia y que la imagen de multitudes inevitablemente violentas está exagerada.

Hay un límite importante: buena parte de esos estudios examina evacuaciones y emergencias, no meses de hambruna absoluta. Sus hallazgos cuestionan el mito del caos automático, pero no permiten predecir cualquier crisis imaginable.

5. El deterioro: cuando el cuerpo pierde fuerza para sobrevivir

Si la falta de nutrientes continúa, pueden aparecer pérdida de masa muscular, debilidad intensa, apatía, sensación de frío, alteraciones de la función mental y mayor vulnerabilidad a las infecciones. En casos graves pueden verse afectados el corazón, las defensas y otros órganos.

Aquí aparece una paradoja que el cine suele pasar por alto: una persona gravemente desnutrida pierde masa y fuerza muscular, y puede estar demasiado debilitada para luchar. No necesariamente se vuelve más fuerte, más feroz o más peligrosa. En muchas situaciones, lo que domina puede ser el agotamiento y la apatía.

No hay un número de días que garantice esta etapa para todo el mundo. Una enfermedad, la temperatura, la edad, la cantidad de agua y el grado de privación cambian radicalmente el pronóstico.

6. Las decisiones límite: supervivencia, ética y actos excepcionales

La historia registra situaciones en las que algunas personas, tras quedar completamente aisladas y sin alimentos, recurrieron al consumo de restos humanos. Es lo que la literatura forense llama canibalismo nutricional, conocido popularmente como canibalismo de supervivencia.

Pero hay una distinción esencial: consumir el cuerpo de alguien que ya falleció no es lo mismo que matar a otra persona para alimentarse. Ambos escenarios plantean problemas humanos y morales profundamente diferentes.

Tampoco existe una «sexta fase» médica que convierta automáticamente el hambre en canibalismo. Esa conducta es excepcional y depende de circunstancias extremas, relaciones sociales, creencias y decisiones individuales.

¿Cuánto tiempo se puede vivir sin comer… y sin agua?

Al imaginar una catástrofe solemos preguntar cuánto puede sobrevivir alguien sin comida. Pero si también desaparece el agua potable, la amenaza puede agravarse mucho más rápido. Como referencia, sin comida pero con agua, la inanición total suele ser mortal en unas 8 a 12 semanas; sin agua, en cambio, la supervivencia se mide en días.

La deshidratación intensa puede producir mareos, confusión, caída de la presión arterial y daño a órganos vitales. Por eso es engañoso plantear una única cronología del «apocalipsis»: no es lo mismo una comunidad sin comida pero con agua que personas expuestas al calor sin posibilidad de hidratarse.

Tampoco hay un plazo exacto de supervivencia aplicable a todos: la cifra de 8 a 12 semanas sin comida es solo orientativa, porque la duración varía mucho de una persona a otra. Además de las reservas de energía, influyen las condiciones del entorno, como el calor, y la salud y la edad de cada persona.

¿Quién resistiría más: alguien que come mucho o alguien acostumbrado a comer poco?

Comer grandes cantidades todos los días no significa que una persona vaya a ser la primera en perder el control. Tampoco comer poco garantiza una mejor adaptación.

La resistencia física depende, entre otros factores, de la composición corporal, las reservas de energía, la masa muscular, el estado nutricional, la hidratación, las enfermedades y la actividad que exige el entorno. La tolerancia emocional depende de otras variables: experiencias anteriores, apoyo social, incertidumbre y estrategias para afrontar el estrés.

Conviene evitar una conclusión simplista: el apetito habitual no permite predecir quién se volverá violento ni cuánto resistirá sin alimentos.

El experimento de Minnesota: cuando la ciencia estudió el hambre

Durante la Segunda Guerra Mundial, el investigador Ancel Keys y su equipo estudiaron los efectos de una restricción alimentaria prolongada en la Universidad de Minnesota. Treinta y seis hombres se ofrecieron como voluntarios para contribuir al conocimiento sobre la desnutrición y la recuperación de personas afectadas por la guerra.

El protocolo incluyó 24 semanas de semiinanición, es decir, una alimentación muy reducida (unas 1600-1800 kilocalorías diarias), pero no ausencia total de comida. Muchos participantes perdieron alrededor de una cuarta parte de su peso corporal. Se documentaron fatiga, irritabilidad, apatía, debilidad y otros cambios físicos y psicológicos.

El estudio enseñó algo fundamental: la falta sostenida de energía puede transformar el estado emocional y la conducta, incluso en personas que inicialmente estaban sanas.

Lo que el experimento no demostró es que la inanición conduzca inevitablemente al asesinato o al canibalismo. Tampoco reproduce todas las condiciones de una catástrofe: los voluntarios estaban supervisados y sabían que participaban en una investigación.

La tragedia de los Andes: un caso real que obliga a pensar

El 13 de octubre de 1972, un avión uruguayo se estrelló en la cordillera de los Andes. Aislados en la montaña, con temperaturas extremas y muy pocos alimentos, los supervivientes tuvieron que tomar decisiones que jamás habían imaginado.

Después de 72 días, 16 personas sobrevivieron a la tragedia. Parte de su supervivencia estuvo relacionada con el consumo de cuerpos de compañeros que ya habían muerto.

Este detalle es indispensable para contar correctamente la historia: el caso no debe presentarse como un grupo que comenzó a asesinarse para comer. La historia también contiene organización, asistencia a heridos, preparación de refugios, decisiones compartidas y el esfuerzo extraordinario de quienes salieron a buscar ayuda.

El episodio muestra que la supervivencia extrema puede obligar a replantear límites morales, pero no prueba que el ser humano esté destinado a volverse un depredador cuando se acaban los alimentos.

¿La civilización desaparece cuando desaparece la comida?

Una visión apocalíptica sugiere que las leyes, la educación y la empatía son una fina capa que se rompe en cuanto falla el abastecimiento. La realidad es más compleja.

Los estudios sobre emergencias describen a menudo ayuda espontánea entre desconocidos. El psicólogo Jamil Zaki, de la Universidad de Stanford, llama a este fenómeno catastrophe compassion («compasión en la catástrofe»): las conductas solidarias que surgen en medio de una crisis.

Eso no elimina la posibilidad de conflictos. El miedo y la desigualdad pueden agravar las tensiones, y los rumores también: tras el huracán Katrina, los relatos exagerados de saqueos llevaron a las autoridades a priorizar el control por encima de la ayuda humanitaria, aunque la mayoría de los afectados se mantuvo pacífica y muchos se ayudaron entre sí. Pero es importante distinguir una posibilidad de violencia de una necesidad biológica de ser violento.

Quizá la pregunta más reveladora no sea «¿en qué momento nos volvemos animales?», sino «¿qué condiciones nos llevan a cuidar de otros y cuáles deterioran nuestra capacidad de hacerlo?». Además, la expresión «violencia animal» es una metáfora, no una categoría científica: en muchas especies la falta de comida aumenta la agresión por el alimento, pero muchos animales también cooperan y cuidan de otros.

Una escena imaginaria: doce personas y una despensa vacía

Imaginemos doce personas refugiadas en un edificio tras una catástrofe. Tienen agua potable, pero las reservas de comida están por terminar.

Un grupo propone distribuir todo por partes iguales. Otro considera que quienes están enfermos deberían recibir más. Alguien teme que una persona esté escondiendo alimentos. Otra decide compartir una ración con un desconocido.

Todos sienten la misma amenaza general, pero no reaccionan igual. La incertidumbre genera decisiones económicas, sociales y morales distintas. El conflicto puede aparecer, aunque también una organización mejor de los recursos.

Esta escena es hipotética, no la descripción de un experimento. Sirve para recordar que la respuesta humana no está escrita por el estómago: también depende de las relaciones y las reglas que un grupo logra construir.

La pregunta definitiva: ¿hasta dónde llegaríamos para seguir vivos?

El hambre altera el metabolismo, la atención, la fuerza física y el estado emocional. En circunstancias extremas puede crear conflictos difíciles de imaginar desde la comodidad de una vida normal. Pero no existe una cuenta regresiva universal que termine en violencia ni un umbral científico a partir del cual las personas pierdan automáticamente sus principios.

La historia enseña dos verdades simultáneas: los seres humanos pueden realizar actos extraordinariamente perturbadores para sobrevivir, y también son capaces de compartir lo último que tienen.

Tal vez la frontera entre civilización y barbarie no esté en la cantidad de comida que nos queda, sino en las decisiones que tomamos cuando comienza a faltar.

¿Crees que una persona conserva sus principios cuando su vida depende de una última ración? ¿O piensas que la supervivencia termina imponiéndose sobre todo lo demás?