Luigui Bleand: la sociedad te mide según dónde estés parado

Luigui Bleand escribe en su diario sobre cómo te miran la sociedad y la comunidad —y con qué vara te miden— según estés en posición de ayudar, necesites ayuda o estés ayudando; sobre cómo te miras tú, sobre lo que dicen los estudios de esas miradas y sobre lo que pasa cuando cambia tu lugar y ya no puedes ayudar.

Fotografía en color de una sesión de grabación en un estudio de Medellín: Luigui Bleand, sentado con audífonos, mira su teléfono mientras Marilyn Oquendo graba la canción «La Movie» frente a un micrófono, con el rostro oculto tras el filtro antipop Medellín, Colombia
Marilyn Oquendo y Luigui Bleand grabando «La Movie». Medellín, Colombia, 2018.

Antes de pedir un favor, uno lo ensaya. Lo repite en la cabeza, busca el momento y empieza con un “perdona que te moleste”. Días después, cuando es a uno a quien le piden algo, dice que sí sin pensarlo, casi con gusto. Es la misma persona; solo cambió el lugar desde donde mira. Yo diría que la palabra “ayuda” tiene un trasfondo muy profundo. Pero mientras más lo pienso, más creo que el tema no es la ayuda, sino la sociedad: cómo te mira, y con qué vara te mide, según dónde estés parado.

Son varias miradas: la tuya, la de la otra persona y la de la sociedad o la comunidad —ese grupo más pequeño con el que uno se identifica—, cada una con sus estándares. Y todas cambian según estés en posición de ayudar, necesites ayuda o estés ayudando. Ayudar casi siempre lleva algo detrás, una obligación, un vínculo: ayudas a tus padres porque son tus padres, a tu hermano porque es tu hermano, a tu pareja porque es tu pareja. A mí, no sé por qué, ni cómo, ni cuándo, me sale ayudar sin esperar nada a cambio. Pero no siempre es así: con un igual, uno suele esperar algo a cambio; con quien está en un lugar desde el que no lo puede superar, lo vive como un bien que hace, como la caridad. Yo me percibo como alguien incapaz de sacar provecho de un conflicto; quiero que mi beneficio llegue de forma natural, nunca de algo que haga daño. Aunque reconozco que pocos seres humanos saben percibirse a sí mismos.

Empiezo por el lugar más incómodo: necesitar ayuda. En 2022, en Psychological Science, los investigadores Xuan Zhao y Nicholas Epley publicaron seis experimentos con 2.118 adultos de Estados Unidos. En uno, en un jardín botánico, 50 visitantes pedían a un desconocido que les tomara una foto. En una escala de 0 a 10, los que pedían esperaban, en promedio, una disposición a ayudar de 7,5, y los que ayudaron dijeron casi 9; a la molestia que causaban le daban 3,2, y los que ayudaron, 0,5. El 74 % de los que pedían creyó que el otro había aceptado, al menos en parte, por presión; de los que ayudaron, lo dijo el 2 %. Según las notas del estudio, los que pedían tardaban en pedir y a menudo sonaban a disculpa; los otros, por lo general, decían que sí enseguida, sonriendo.

Y quien recibía se sentía más obligado a devolver el favor (4,6) de lo que imaginaba quien lo hizo (2,3). En otro experimento, con la pareja o los amigos que los acompañaban, la brecha seguía, aunque menor. Eran adultos de Estados Unidos y favores sencillos; los autores advierten que con peticiones más difíciles, o de alguien con más poder, podría ser distinto, y que puede variar entre culturas. Desde adentro, necesitar ayuda pesa más.

La sociedad, además, no mira igual a todos los que piden. En 2002, en el Journal of Social Issues, el psicólogo Arie Nadler reunió estudios hechos en Israel. En dos, con 60 estudiantes de la Universidad de Tel Aviv cada uno, se veía en video a una niña de 12 años que había reprobado una materia importante; según la versión, su padre era profesional y vivían en uno de los barrios más prestigiosos, o era conserje de una escuela y vivían en uno de los más pobres. Cuando ella misma pedía ayuda, los observadores esperaban, en promedio, que a la niña bien situada le fuera mejor (4,6) que a la otra (3,4); sin hablar de ayuda, la diferencia no era significativa (4,2 frente a 4,0). Y si la bien situada pedía ayuda, su fracaso se atribuía menos a falta de capacidad; a la otra, pedirla no le cambiaba nada.

Eran diez personas por versión, un solo caso grabado y estudiantes en Israel, y Nadler pide cautela al generalizar. Yo me quedo con una idea: no se mira tanto lo que se pide como el lugar de quien lo pide. Y él plantea, como posibilidad, que al peor situado se le suela dar la solución ya hecha, y al mejor situado, las herramientas. Hay ayuda que te deja de pie y ayuda que te deja esperando la próxima.

Cuando eres tú quien puede ayudar, la vara también cambia. En junio de 2026, en la revista Open Mind, Alicia Chen y Rebecca Saxe, del MIT, publicaron seis experimentos en línea con 599 adultos de Estados Unidos, entre escenas escritas y juegos breves. En el primero, 59 personas leyeron escenas cotidianas con un gesto generoso. Entre iguales, en promedio, se esperaba un poco más que el otro devolviera el gesto (4,75 sobre 7) que el que dio lo repitiera (4,49). En una relación desigual, la cosa se volteaba: se esperaba más que el que dio volviera a dar (5,25) que el otro le correspondiera (3,48). Es lo que yo decía, visto desde el otro lado. En el artículo lo llaman un precedente, y en otro experimento daba igual que el que dio estuviera arriba o abajo. No incluyeron parejas ni padres con bebés, y solo preguntaban por la vez siguiente; el estudio es muy reciente, todavía no se ha repetido y no midió qué pasa cuando el que daba deja de dar.

La idea no es nueva. En 1960, en la American Sociological Review, el sociólogo Alvin W. Gouldner escribió sobre la norma de reciprocidad: ayudar a quien nos ayudó y no hacerle daño. La llama universal, pero no incondicional: lo que pesa un favor depende de la necesidad del otro, de lo que tenía quien lo hizo y de sus motivos, y lo que se espera de cada uno puede variar según su posición en la sociedad. En una nota al pie plantea que, si alguien cumple una y otra vez con lo que se espera de él, el otro puede acabar dándolo por sentado, y cada nuevo cumplimiento cuenta menos que el anterior. Y sugiere que la norma puede llevar a buscar sobre todo a quienes pueden corresponder y a desatender a quienes no. Es un ensayo teórico, sin datos, y presenta ambas ideas como posibilidades.

Esta es la escena que más me hace pensar. Alguien que siempre podía: el que siempre contestaba, el que siempre tenía tiempo, el que siempre llegaba. Un día cambia su lugar: menos tiempo, menos energía, otra responsabilidad. Y la imagen que había construido se empieza a caer; algunos lo ven como mala persona, o como alguien que ya no sirve: si no me sirves… Ningún estudio de estos midió ese momento; es mi reflexión. Pero así lo entiendo: la ayuda se volvió costumbre, la costumbre se volvió precedente, y el precedente se queda en la cabeza de los demás aunque ya no puedas cumplirlo. Ahí, a veces, se ve que la ayuda se recibió de manera interesada. Y no siempre hay mala intención: muchas veces el otro ni se da cuenta de que ya no veía un favor, sino algo que le tocaba.

Queda la mirada más difícil, la de uno mismo. En 2018, en el Journal of Personality and Social Psychology, Anna Bruk, Sabine Scholl y Herbert Bless publicaron siete estudios sobre mostrarse vulnerable, como declararse a alguien o pedir ayuda, y describieron el efecto del hermoso desastre: lo mismo se valoraba mejor cuando lo hacía otro que cuando uno se imaginaba haciéndolo. Según ellos, lo propio lo vemos de cerca, con lo malo, y lo ajeno de lejos, con lo bueno. En 2022, en Personality and Social Psychology Bulletin, los mismos autores vieron, con universitarios alemanes, que los más compasivos consigo mismos mostraban menos diferencia, sobre todo porque valoraban mejor su propia vulnerabilidad; es una relación, no una prueba de causa. Lo que desde adentro parece debilidad, desde afuera muchas veces se ve con mejores ojos de lo que uno cree.

Con el tiempo he aprendido a aceptar lo que no está en mis manos y a cuidar lo que sí: mi tiempo, mi paz y lo que me hace feliz. Cómo te mira la sociedad, y con qué vara te mide, depende mucho de dónde estés parado, y ese lugar cambia. Lo que sí depende de ti es cómo pides, cómo das y cómo te miras. Si necesitas ayuda, pídela sin disculparte tanto; sobre todo en lo pequeño, es probable que el otro quiera ayudarte más de lo que crees. Si ayudas, que sea de forma que deje al otro de pie. Si un día ya no puedes —por tiempo, por energía—, dilo con calma y sin culpa: lo que vales nunca estuvo en lo que podías hacer por otros. Y si alguien que te ayudó ya no puede, no lo midas por lo que ya no te da; pregúntale cómo está. Lo que somos no cambia porque cambie nuestro lugar. Eso lo sabe la gente que nos quiere, y lo sabe Dios.