Luigui Bleand: hiciste lo mejor y aun así se complicó

Luigui Bleand escribe en su diario sobre los problemas que uno no busca —cuando haces lo mejor que puedes y, aun así, todo se complica—, sobre lo que dicen los estudios de cómo se ven las cosas cuando ya se sabe el final y sobre separar lo que hiciste de lo que pasó.

Fotografía en blanco y negro de Luigui Bleand de pie en un andén de la estación de metro Duomo, en Milán, con un tren con destino San Donato detrás Milán, Italia
Milán, Italia.

Nadie se levanta un día diciendo: hoy me voy a buscar un problema. Al contrario. Tú estabas tratando de hacer lo mejor que podías, con buena intención, poniendo de tu parte. Pero no se dio. En vez de que pasara lo mejor que podía pasar, todo se volvió un problema y la situación se complicó. Algo que no estabas esperando y que no buscaste, pero pasó.

A todos nos ha pasado de alguna forma. El favor que hiciste de corazón y que terminó en un malentendido. La conversación que iba a arreglar las cosas en la familia y las dejó peor. La sesión de grabación que preparaste con todo y en la que nada sonó como tenía que sonar. Y después del golpe llega la parte que nadie ve: darle vueltas en la cabeza y pensar que debiste haberlo visto venir.

Que algo hecho con buena intención salga torcido no es nada nuevo. En 1936, en la American Sociological Review, el sociólogo Robert K. Merton, con 26 años, escribió sobre las consecuencias imprevistas de la acción intencionada: hacemos algo a propósito, con un fin claro, y sale otra cosa. Entre las causas señala lo poco que a veces sabemos, el error de dar por hecho que lo que funcionó antes seguirá funcionando y la urgencia de lo inmediato, que no deja mirar lo que viene después. Y añade algo muy cierto: actuar con sensatez no es lo mismo que tener éxito. Uno puede escoger el camino con más posibilidades según lo que sabía en ese momento y no llegar y, al revés, a veces una corazonada sale bien. Es un ensayo teórico, sin datos; él mismo dice que no es más que una brevísima exposición. Pero deja una idea que vale la pena guardar: lo que nadie quería no siempre termina siendo malo.

A veces lo más duro es cómo se juzga lo que hiciste cuando ya se sabe cómo terminó. En 1988, en el Journal of Personality and Social Psychology, los investigadores Jonathan Baron y John Hershey pidieron a estudiantes de la Universidad de Pensilvania que evaluaran decisiones ajenas, con la misma información que tuvo quien decidió. En un caso, un hombre de 55 años con un problema del corazón podía operarse: se le quitaría el dolor y su esperanza de vida pasaría de 65 a 70 años, pero el 8 % de los que se hacen esa operación muere en ella. Si el médico decidía operar y salía bien, la decisión recibía en promedio 0,85 en una escala de +3 a −3; la misma decisión, si la operación fallaba, −0,05. De los últimos ocho participantes, siete dijeron después que el resultado no debía contar, y aun así en ellos también contó. Eran solo 20 estudiantes en ese primer experimento, con casos hipotéticos, y los autores reconocen que el resultado sí puede pesar cuando quien evalúa no sabe lo que sabía quien decidió.

Y no se quedó ahí. En 2023, en la International Review of Social Psychology, Aiyer y cinco colegas repitieron el experimento en línea con 692 adultos de Estados Unidos, siguiendo un plan registrado de antemano: la decisión recibió en promedio 1,78 cuando terminó bien y 0,68 cuando terminó mal, y el sesgo apareció incluso entre quienes decían que el resultado no debía contar. Advierten que probaron un solo escenario y que no conviene generalizarlo. Baron y Hershey sugieren, sin haberlo medido, que quien se mide por el resultado puede acabar tomando la buena y la mala suerte como si fueran obra suya: creído cuando le va bien y cargado de culpa cuando le va mal. A mí eso me suena conocido.

Después viene la otra trampa: pensar que debiste haberlo visto venir. En 1975, en el Journal of Experimental Psychology: Human Perception and Performance, el psicólogo Baruch Fischhoff dio a estudiantes universitarios de Israel textos breves sobre casos históricos o clínicos poco conocidos, con cuatro desenlaces posibles. A unos no les dijo el final; a otros les dijo que uno de ellos era el que de verdad había ocurrido. En una guerra que empezó en 1814 entre británicos y gurkas, quienes no sabían el final le daban en promedio a la victoria británica un 33,8 % de probabilidad; quienes habían leído que ganaron los británicos, un 57,2 %. Fue el salto más grande del estudio: en las 24 comparaciones, el aumento fue de entre 3,6 y 23,4 puntos, 10,8 en promedio. Pero en todas, saber el final lo hacía parecer más probable. Y cuando pidió a otros que respondieran como si no lo supieran, el efecto apenas bajó. Eran estudiantes ante casos breves y lejanos, no ante su propia vida.

Hacia el final del artículo, Fischhoff describe a quien mira atrás y se culpa por no haber hecho lo que ahora parece obvio, y que así puede “añadir a la herida que causó el propio suceso el agravio del arrepentimiento”. Es su argumento, no algo que haya medido. Pero cuando junto todo, veo dos golpes donde parecía haber uno: el problema que no buscaste y la mirada que viene después, la de los demás y la tuya, hecha con información que antes no tenías. Lo primero muchas veces no se puede evitar. Lo segundo sí se puede revisar, aunque, según estos mismos estudios, saber que ese sesgo existe no basta para borrarlo. Cuando me equivoco, quiero saberlo y aprender. Pero no es lo mismo una mala decisión que una buena decisión a la que le tocó un mal resultado.

Queda la pregunta de cuánto va a durar. En 1998, en el Journal of Personality and Social Psychology, el psicólogo Daniel Gilbert y cuatro colegas publicaron seis estudios, con más de mil personas, sobre golpes como una ruptura amorosa o que te rechacen para un trabajo. En general, la gente sobreestimaba cuánto le iba a durar el dolor. En la Universidad de Texas en Austin, profesores que esperaban la decisión sobre su plaza permanente creían que, si se la negaban, su felicidad en los cinco años siguientes andaría por 3,42 sobre 7; quienes ya habían recibido ese no en los últimos cinco años estaban en 4,71. Eran grupos pequeños —siete personas en ese caso—, respondió solo quien quiso y, a largo plazo, los pronósticos sí fueron bastante acertados. Como explicación, que probaron en otros estudios del artículo, los autores hablan de un olvido del sistema inmune psicológico: al imaginar el futuro, no contamos con las formas calladas en que la mente se recupera. No dicen que no duela. Dicen que muchas veces duele menos tiempo del que uno cree.

A veces quisiera que algunas cosas fueran distintas. Pero con el tiempo he aprendido a aceptar lo que no está en mis manos y a cuidar lo que sí: mi tiempo, mi paz y lo que me hace feliz. Lo que ya pasó, pasó. Lo que hacemos ahora sí depende de nosotros: cómo respondemos, qué aprendemos, cuál es el próximo paso. Y, como decía Merton, no todo lo que llega sin buscarlo termina siendo malo. El tiempo va poniendo cada cosa en su lugar. Vive cada proceso.

Si hoy estás en medio de algo que se complicó sin que lo buscaras, sepáralo en dos: lo que hiciste con lo que sabías y lo que pasó después. Con lo primero, sé honesto contigo, pero sin dureza. A lo segundo, dale tiempo. Cuida tu rumbo, trabaja con lo que tienes y sigue avanzando, a tu ritmo. Cuando llegue tu momento, que te encuentre navegando. Y si conoces a alguien a quien se le complicó algo que hizo con buena intención, no le preguntes por qué no lo vio venir. Pregúntale cómo está y recuérdale que no está solo: tiene a la gente que lo quiere, y a Dios.