Luigui Bleand: el tiempo no vuelve, pero lo aprendido se queda
Luigui Bleand escribe en su diario sobre lo que deja cada etapa, buena o mala, y por qué ningún tiempo es perdido si te enseña algo.
ROMA, ITALIA — «Perdí años». «Perdí mi tiempo». Lo decimos al mirar atrás, cuando algo no salió como esperábamos: un camino que no llevó a donde creíamos, un proyecto que quedó a medias, una etapa en la que sentimos que dábamos vueltas en el mismo sitio. Quizá tú también lo has dicho alguna vez. Hay un refrán viejo que mira lo mismo de otra manera: «No hay mal que por bien no venga». Yo lo digo con mis palabras: de toda situación, mala o buena, se aprende algo. De todo se saca algo.
Hace unos días escribí en este diario sobre el tiempo que no vuelve y los sueños que se pierden con él, y lo sigo pensando: regalar tus horas a lo que no te construye es perder sueños. Entonces, ¿cómo puedo decir ahora que ningún tiempo es perdido? Porque aquella entrada miraba hacia adelante: cómo usar las horas que todavía tienes. Esta mira hacia atrás: qué hacer con las que ya pasaron. El tiempo no vuelve, pero una cosa es que se vaya y otra que se pierda. Se pierde cuando pasa sin dejarte nada. Cuando te deja algo —una lección, una costumbre, una fuerza que no sabías que tenías—, no se perdió: se convirtió en algo que llevas contigo. El tiempo no vuelve, pero lo aprendido se queda.
Y fíjate en algo: solemos darle todo el mérito al dolor. «Lo malo te enseña», decimos, como si los buenos tiempos solo sirvieran para disfrutarlos. Pero una temporada tranquila o una amistad que te sostuvo también enseñan: te muestran qué te hace bien, con quién creces, qué ritmo te funciona. El problema es que, cuando algo sale bien, lo celebramos y pasamos la página sin preguntarnos por qué salió bien; cuando sale mal, lo examinamos por todos lados. Así dejamos pasar la mitad de lo que el tiempo nos quería enseñar.
Lo malo tampoco enseña solo: repasarlo no es lo mismo que aprender de ello. En 2019, en Psychological Science, Lauren Eskreis-Winkler y Ayelet Fishbach publicaron cinco experimentos con 1.674 personas en total. Respondían preguntas de dos opciones y luego se les decía si habían acertado o fallado; con dos opciones, cualquiera de los dos avisos revela la respuesta correcta. Aun así, aprendieron menos cuando se les dijo que habían fallado. Según las autoras, fallar amenaza el ego, y uno se desconecta. Pero de los fallos ajenos aprendían tanto como de los aciertos ajenos. En 2025, otro investigador planteó en la misma revista que parte de ese resultado podría deberse a una tendencia a responder igual que la primera vez, y no a aprender menos; las autoras defendieron su conclusión, y el debate sigue abierto. Yo lo leo así: cuando un fallo deja de sentirse como una amenaza contra lo que somos, es más fácil quedarse a escuchar lo que enseña.
La clave, creo yo, está en volver a mirar con calma y a propósito, también lo bueno. En 2005, en el Journal of Applied Psychology, Shmuel Ellis e Inbar Davidi siguieron a 98 soldados de 18 a 20 años, de una unidad de élite del ejército, durante un curso de orientación terrestre. Un grupo mantuvo la revisión de siempre, centrada solo en los errores. El otro revisaba, después de cada día de entrenamiento, lo que había salido mal y lo que había salido bien, con las decisiones detrás de cada cosa. En tres ejercicios cada vez más difíciles, su puntuación promedio subió de 46,40 a 76,42; la del grupo que solo miraba los errores, de 54,41 a 71,30. Se asignaron grupos enteros, no personas al azar; el grupo que revisaba lo bueno y lo malo partía de más abajo, y el efecto fue modesto. Pero la idea me parece preciosa: preguntarse por qué algo salió bien también enseña.
Ahora, aprender de los tiempos difíciles no quiere decir que haya que buscarlos. En 2010, en el Journal of Personality and Social Psychology, Mark Seery, Alison Holman y Roxane Cohen Silver siguieron durante varios años a 2.398 adultos de todo Estados Unidos, que señalaron cuáles de 37 hechos negativos habían vivido, como una enfermedad o la muerte de un ser querido. En general, más adversidad iba con peores resultados, pero la curva tenía forma de U: quienes habían vivido algunas adversidades, ni ninguna ni muchas, mostraban con el tiempo menos malestar, menos síntomas de estrés postraumático y más satisfacción con la vida. Los mejores resultados tendían a estar entre dos y cuatro hechos, aunque los autores aclaran que probablemente no se pueda fijar un número ideal exacto. Es un estudio correlacional, y ellos mismos advierten que no invita a buscar el dolor. En sus palabras: «con moderación, lo que no nos mata puede, en efecto, hacernos más fuertes».
También importa cómo contamos lo vivido. En 2001, en Personality and Social Psychology Bulletin, Dan McAdams y sus colegas analizaron relatos de vida de adultos de 35 a 65 años, contados en entrevistas, y de estudiantes universitarios, por escrito. Buscaban la «redención», cuando una escena mala termina en algo bueno, y la «contaminación», cuando algo bueno se echa a perder. En los dos grupos, quienes contaban más escenas de redención reportaban más bienestar; en los adultos, la contaminación iba con menos bienestar. Y la redención predecía el bienestar mejor que lo positivas que fueran las historias en general. Es una asociación, medida una sola vez y con un bienestar que reportaban las propias personas: no prueba que contarlo así haga sentir mejor. Pero me hace pensar que decir «fue duro, y de ahí salió algo» no es mentirse: es contarlo entero, tanto lo que dolió como lo que dejó.
¿Y el arrepentimiento, ese «perdí mi tiempo» que aparece de noche? En 2005, en la misma revista, Neal Roese y Amy Summerville reunieron 11 conjuntos de datos con 3.041 personas, sobre todo de Estados Unidos, y los arrepentimientos más frecuentes tenían que ver con los estudios y con la vida profesional. Con 121 estudiantes de la Universidad de Illinois vieron que el arrepentimiento era más intenso donde todavía había oportunidad de cambiar las cosas, aunque la diferencia fue pequeña. Su resumen: «La oportunidad engendra arrepentimiento». En 2009, Denise Beike y sus colegas lo discutieron: según sus estudios, pesa más lo que antes se podía cambiar, ya no se puede y no hemos cerrado. Ahí, y esto es lectura mía, veo una brújula: donde todavía se puede hacer algo, el arrepentimiento te señala hacia dónde caminar; donde ya no, toca cerrar ese capítulo y quedarte con la lección.
Quiero decirlo claro: esto no es un «todo pasa por algo» dicho a la ligera. Hay cosas que duelen y que no tenían por qué pasar. Aprender de algo no lo vuelve bueno ni le quita peso a lo que estuvo mal; lo que aprendiste es mérito tuyo, no un favor de quien te hizo daño. Hay lecciones que tardan en llegar, y no hace falta apurarlas. Hay días de los que solo se saca haber llegado al siguiente, y eso también cuenta. Y si el error fue tuyo, llámalo por su nombre, sin excusas y sin flagelarte. Cuesta aprender de algo mientras uno se castiga por ello.
Por eso, al final de cualquier etapa, sea un año, un proyecto, una temporada difícil o una muy buena, te propongo una sola pregunta: «¿Qué me dejó esto?». Hazla una vez, sin prisa, sobre lo bueno y sobre lo malo. Quizá te dejó una advertencia, una manera nueva de hacer las cosas o, simplemente, saber qué no quieres repetir. No hace falta repasarlo cada noche: basta con guardarlo. Que Dios te dé serenidad para mirar atrás sin miedo. Cuida tu rumbo, trabaja con lo que tienes y sigue avanzando, a tu ritmo. Ningún tiempo es perdido si te dejó algo.