Luigui Bleand: ver sufrir a otro no alivia tu dolor

Luigui Bleand escribe en su diario sobre por qué querer ver sufrir a quien te hizo daño no alivia tu dolor, sino que lo agrava.

Primer plano cinematográfico de un puño curtido que aprieta una brasa al rojo vivo, con humo que sube y chispas que escapan entre los dedos sobre un fondo oscuro
Ilustración de Bleand Style Pictures.

Alguien te hizo daño. Un compañero de trabajo que te dejó mal delante de todos, un amigo que te falló cuando más lo necesitabas, un vecino que habló mal de ti a tus espaldas. Y en algún rincón aparece una voz: «Ojalá le vaya mal. Ojalá sienta lo que yo sentí». No tienes por qué avergonzarte de esa voz; es humana, y le habla a casi cualquiera que ha sido herido. Pero vale la pena mirarla de frente, sin prisa, y preguntarle qué nos promete.

Yo creo que querer ver sufrir a alguien no aliviará tu dolor; más bien lo agrava. El deseo promete lo contrario: que si el otro también sufre, a ti te dolerá menos; que su caída pondrá las cosas en su sitio y por fin podrás descansar. Cuando duele, la promesa suena razonable, y por eso quise investigarla. Lo que encontré es que, como mucho, la cumple a medias, y luego te deja la carga donde estaba, o más pesada.

La tentación tiene una raíz real. En 2004, en Science, Dominique de Quervain y sus colegas escanearon el cerebro de 15 hombres durante un juego de confianza. Cuando el otro jugador traicionaba esa confianza a propósito, 12 de los 14 analizados lo castigaron aunque también les costara a ellos, y mientras lo decidían se activaba el núcleo caudado, una zona ligada a la recompensa, más en quienes más estaban dispuestos a perder de lo suyo. Los autores lo leen como la satisfacción anticipada de castigar. Fueron pocos, todos hombres, y nadie midió cómo se sentían después.

Lo que viene después lo estudiaron, en 2008, en el Journal of Personality and Social Psychology, Kevin Carlsmith, Timothy Wilson y Daniel Gilbert. Pusieron a 48 universitarios en un juego en grupo por computadora, donde una jugadora simulada pedía cooperar y luego se aprovechaba de los demás. Unos podían castigarla al final; otros, no; otros solo imaginaban cómo se sentirían si pudieran. De los 15 que podían, castigaron 14. Midiendo su ánimo al terminar y diez minutos después, en una escala de 7 puntos, quienes podían castigar promediaron 3,52; quienes no podían, 4,79, y quienes solo lo imaginaban pronosticaron 4,53. Y a los diez minutos seguían pensando en ella más que quienes no podían, que ya empezaban a soltarla. Eran pocos, en un juego de laboratorio, pero la paradoja que señalan los autores se entiende: creemos que desquitarnos nos hará sentir mejor, y nos deja peor y con esa persona metida en la cabeza.

¿Nunca sabe dulce, entonces? Es más complicado. En 2017, en el Journal of Experimental Social Psychology, Fade Eadeh, Stephanie Peak y Alan Lambert hicieron tres experimentos en línea con adultos de Estados Unidos: unos leían sobre una represalia contra alguien que había causado un gran daño, y otros, un texto neutro. En los tres, leer sobre la represalia dejaba a la gente de peor ánimo, con más enojo; pero al escribir sobre ello, y en el último al preguntarles directamente, aparecían a la vez sentimientos positivos y negativos. Agridulce, la llamaron. Era una venganza ajena, no personal. En 2009, en la misma revista, Mario Gollwitzer y Markus Denzler vieron, con una medida indirecta, que el deseo de venganza parecía quedar satisfecho cuando la persona ofendida elegía vengarse y el otro daba señales de entender por qué. Fue un único experimento. Y que el otro entienda es precisamente lo que no depende de ti.

Con la rabia pasa algo parecido: lo que se alimenta, crece. En 2002, en Personality and Social Psychology Bulletin, Brad Bushman hizo enojar a 600 universitarios con una crítica muy dura a un ensayo suyo. Luego, unos se desahogaron físicamente pensando en quien creían que los había criticado; otros hicieron lo mismo pensando en ponerse en forma, y otros esperaron dos minutos en silencio. Los primeros terminaron más enojados: 29,78 frente a 26,25 de quienes no hicieron nada. El efecto fue de pequeño a moderado, pero el autor lo resumió sin rodeos: no hacer nada funcionó mejor que desahogarse. En 2008, en el Journal of Personality and Social Psychology, Rebecca Ray, Frank Wilhelm y James Gross, en dos estudios, pidieron recordar un episodio reciente de rabia: darle vueltas, frente a mirarlo desde otro ángulo, trajo más enojo, más pensamientos repetidos y un cuerpo más en alerta.

Y el cuerpo también se entera. En 2001, en Psychological Science, Charlotte vanOyen Witvliet, Thomas Ludwig y Kelly Vander Laan pidieron a 71 universitarios que pensaran en alguien concreto que los había herido y que, por turnos, repasaran la ofensa y alimentaran el rencor, o imaginaran a esa persona con más comprensión. Al rumiar y guardar rencor, el enojo que decían sentir llegó a 15,75 en una escala de 0 a 20, frente a 5,11; el ceño se tensó más, el ritmo del corazón y la presión arterial subieron más, y parte de esa activación seguía unos segundos después de parar. Eran imágenes de 16 segundos en un laboratorio, y los propios autores dudan que algo tan breve afecte la salud. Aun así, la escena dice mucho: quien les había hecho daño ni siquiera estaba en la sala.

En la vida diaria, ese deseo se ve así. Preguntas por esa persona como quien no quiere la cosa, a ver si alguien dice que le va mal. En la ducha ensayas la discusión y por fin le dices lo que no le dijiste. Cuentas la historia otra vez, a otra persona, y la vuelves a sentir entera. Esperas la noticia de su caída como quien espera una lluvia que no llega. Mientras tanto, esa persona sigue con su día, quizá sin acordarse de ti, y a ti te ocupa la mañana, la tarde y la noche. Desearle el mal a alguien es seguir con los ojos puestos en esa persona, y mientras miras hacia allá, descuidas lo tuyo.

¿Qué ayuda, entonces? He aprendido que lo primero es devolver la atención a tu propia vida y mirar lo ocurrido desde un poco más lejos. En 2019, en PLOS ONE, Carmen Peuters y sus colegas pidieron a 156 estudiantes belgas recordar algo que los había enojado y luego darle vueltas desde su punto de vista, o mirarlo como lo vería alguien de fuera que quiere el bien de todos. En una escala de 0 a 6, el enojo de quienes rumiaban se quedó igual, de 2,87 a 2,90; el de quienes tomaron distancia bajó de 3,37 a 2,41. Fue un ejercicio de un minuto, y los grupos no partían del mismo nivel. A esa distancia yo le sumo el tiempo y la compañía de quienes están de tu lado. El perdón es otra conversación, y ya la tuvimos en este diario cuando escribí sobre el «Padre, perdónalos»; aquí hablo de algo anterior: dejar de esperar su caída.

Por eso te lo digo con cariño y con firmeza: suelta ese deseo. No por esa persona, que quizá nunca sepa nada de esto, sino por ti. Soltarlo no cambia lo que pasó; cambia hacia dónde miras, y lo que le pase a esa persona deja de decidir cómo amaneces tú. Si la voz del «ojalá le vaya mal» vuelve, no te regañes por oírla: es la herida pidiendo que la cuides. Vuelve a lo que estás construyendo, a tus días, a tu gente. Su caída no te va a levantar. Levántate tú.